ALEJANDRO III EL MAGNO
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CRONOLOGÍA
Todo ser en el que una especie culmina ya no pertenece a esa especie, escribió Goethe. En Alejandro Magno el alma del mundo clásico inició su crepúsculo porque lo que anunciaba el macedonio era el nacimiento de una nueva época, la que desde su muerte en el 323 aC se conoce como mundo helenístico, una mixtura entre Oriente y Occidente cuya manifestación más sobresaliente fue la populosa y mestiza Alejandría, fundada por el rey en el 331 aC junto con tantas otras ciudades homónimas situadas desde Egipto hasta la India. En Alejandro el alma del mundo clásico se escapaba de sí misma y ese nuevo sentir lo lanzó hacia una épica aventura de poco más de 12 años de duración que supuso la creación de su imperio. La magnitud de la gesta lo convirtió desde su muerte en un mito emulado por otros grandes conquistadores de la historia como Julio César y Napoleón. Su figura fascinó y fascina porque se salía de toda medida, por su talante de héroe y de hombre de acción. No obstante en todo proceso de larga duración hay un antes, un durante y un después, y si Alejandro culminó la crisis de la ciudad-estado griega, de la polis, la brevedad de su vida tan sólo le permitió impulsar una nueva época, la de los imperios que se formaron tras su muerte, gobernados por autócratas que impulsaron una nueva manera de entender la cultura, si bien con la mirada siempre puesta en el ideal helénico. El mérito de Alejandro, pues, consistió en sentar las bases para el nacimiento de una época de sincretismos religiosos, filosóficos y literarios, culturales en definitiva, y en tender puentes que habrían de favorecer la circulación e intercambio de ideas y costumbres entre los pueblos. Alejandro era hijo de Filipo II, el rey de Macedonia que convirtió a un pueblo semibárbaro del norte de Grecia en el árbitro de los asuntos griegos en el 338 aC, y de Olimpíade, una princesa autoritaria e intrigante contra su marido y con un enorme ascendiente sobre su hijo. Filipo fue un estratega y diplomático tan notable que sin sus pasos difícilmente Alejandro habría edificado tan vasto imperio. Sensible a la cultura hizo venir a la corte de Pella a los maestros más reputados para educar al heredero en el arte de la guerra, de la caza, de la ciencia y de la filosofía, estando tal tarea a cargo nada más y nada menos que de Aristóteles. Aristóteles convirtió a Alejandro en el futuro gobernante sensible a la ciencia y a la cultura y, de hecho, sabemos que el rey siempre dormía con un ejemplar de la Ilíada de Homero, anotado por el filósofo, bajo la almohada, que recitaba de memoria versos de las tragedias de Eurípides y que sólo dejaba esculpir su busto por Lisipo. Pero Aristóteles intentó convencer en vano a Alejandro de que mantuviese el modelo de la polis como estructura política y que se comportara con los griegos como un jefe y con los bárbaros como un déspota. El discípulo no le hizo caso y edificó un imperio multiétnico, se casó con mujeres orientales, como la bactriana Roxana, y delegó tareas de gobierno en los mismos persas que habían estado antes con Darío III. Filipo fue asesinado en una conjura palaciega en julio del año 336 aC, tras haber unificado Grecia y haber iniciado los preparativos para la conquista de Asia (probablemente la mano de Olimpíade tuvo mucho que ver con la muerte de Filipo). Alejandro, frente a aquellos griegos que veían en el joven e inexperto rey el preludio del fin del dominio macedonio, sorprendió a todos con una fugaz intervención en Grecia que se saldó con el castigo ejemplar de la ciudad de Tebas, arrasada hasta los cimientos salvo la casa del poeta Píndaro. Acabó, muy a su pesar, con el glorioso Batallón Sagrado de Tebas, e incorporó a su ejército, con todos los honores, a los pocos supervivientes que quedaron del glorioso batallón. Atenas se resignó al dominio Macedonio y en la primavera del 334 aC se fijó el inicio de la expedición contra Asia, no sin antes conversar con el cínico Diógenes, que ante la petición de que solicitase del rey lo que quisiera, le respondió que se apartara un poco porque le tapaba el sol. Por fin, los griegos veían cómo se iban a cobrar venganza del incendio de la Acrópolis y el pillaje de los santuarios griegos a manos del gran rey Jerjes e iban a satisfacer su anhelado deseo de represalia contra los persas, que intentaron conquistar Grecia dos veces durante las guerras médicas y fueron derrotados en las batallas de Maratón (490 aC) y Salamina (480 aC). La superioridad moral de los griegos frente al bárbaro iba definitivamente a vencer al despotismo asiático, un mito fundador de la historiografía griega. Las temibles y efectivas falanges macedonias desembarcaron en Asia en la primavera del 334 aC y Alejandro, en una nueva muestra del espejo en el que ser miraba, ofreció sacrificios en honor de su admirado Aquiles, vinculando así la victoria griega en la guerra de Troya con la campaña de conquista del imperio persa que entonces iniciaba. En el mismo año venció por primera vez a los persas junto al río Gránico, no muy lejos de la antigua Troya, y en el 333 aC, tras haber cortado el mítico nudo gordiano, se enfrentó a Darío en la batalla de Iso. Conocedor Alejandro de la leyenda del nudo gordiano que nadie era capaz de deshacer (y sólo quien lo consiguiera, según la predicción del oráculo, sería el dominador de toda Asia), Alejandro llegó en el año 333 aC al templo de Zeus de la ciudad de Gordión (la actual Anatolia turca), que custodiaba el yugo con su nudo, para intentar deshacerlo. Por maña no pudo. Pragmático, desenvainó entonces la espada y cortó el nudo de un solo tajo: el camino hacia la dominación de Asia quedaba simbólicamente despejado. En el 332 aC al ocupar Egipto visitó el oasis de Amón en Siwa, donde se forjó la leyenda de que el dios había saludado a Alejandro como su hijo. En el 331 aC derrotó a Darío III en la batalla de Gaugamela, y entró triunfante en Babilonia y Susa e incendió poco después la otra capital del imperio persa, Persépolis, según las fuentes, a petición de la caprichosa cortesana Tais, castigando así en nombre de Grecia los crímenes de Jerjes y ofreciendo también una inapelable demostración de fuerza a los perdedores. El soberano empezaba a dar así muestras del exceso que dominó después buena parte de sus acciones, progresivamente dominado por el vino. En sus últimos años llegaron el asesinato de Darío a manos de sus propios hombres, una durísima campaña bactriana, la conquista de la India, la victoria sobre el rey Poro en el año 326 aC y la negativa de las tropas a seguir adelante, agotadas por más de diez años de campañas, atemorizadas ante lo desconocido y vencidas por el monzón. Allí en el margen derecho del río Hifasis, Alejandro hizo erigir doce grandes altares que conmemorasen su gesta, una heroicidad que ningún griego antes salvo el dios Dionisio había sido capaz de culminar. Alejandro, de vuelta a Babilonia, y cuando maduraba un ambicioso proyecto de dominio universal, un imperio desde la India hasta Gibraltar, murió el 13 de Junio del 323 aC, pocos meses antes de cumplir 33 años. Existen varios supuestos sobre el motivo de su muerte como que fue debida a la malaria o a los nefastos efectos de su adicción al vino, y que después de una apuesta con sus soldados sobre quien aguantaba más bebiendo, el resultado fue que su organismo no pudo asimilar la gran cantidad de alcohol que consumió. Los últimos años de su corta vida no tuvieron nada que ver con la virtud y templanza con la que vivió la mayoría de de su existencia, situación ésta, a la que no fue extraña la muerte, un año antes, de su amado Efestión. Otro supuesto motivo de su muerte fue el de que murió envenenado por cortesanos macedonios descontentos con la orientalización de un griego que vestía a la persa, que obligó a sus generales a contraer matrimonio con mujeres persas en las famosas bodas de Susa y que imprimía un sesgo demasiado oriental a sus hábitos y a sus decisiones políticas. Alejandro recibió de Aristóteles la pasión por todo lo helénico y la creencia en la superioridad de los griegos sobre los otros pueblos. Sin embargo, una vez subió al trono fomentó el mestizaje como pocos gobernantes lo harían después. Fundó ciudades en las que habitaban soldados macedonios casados con mujeres asiáticas, hizo que sus mejores generales y amigos contrajeran matrimonio con nobles persas, mantuvo a los sátrapas persas en los lugares de gobierno siempre que le fue posible y formó un ejército con unidades macedonias luchando codo con codo con otras persas. No se trataba de eliminar la diferencia entre grecomacedonios y orientales en nombre de un ideal universalista, sino de paliar un mero problema logístico. Pero esta vocación de mezclar todos los pueblos unidos bajo su reinado no fue compartida por sus colaboradores griegos y fue fuente de no pocas disputas, incluida, tal vez, su propia muerte. La celeridad en la creación y la magnitud del imperio más grande que la antigüedad había visto hasta entonces convirtió a Alejandro en un mito y pronto se mezclaron realidad y fantasía que lo convirtieron en el arquetipo del héroe-caballero, muerto en plena juventud, que tanto fascinó a la edad media y cautivó no sólo a las literaturas europeas, sinó también a las orientales. En cualquier caso, desde la antigüedad los juicios sobre Alejandro han sido vehementes y controvertidos, alabado como el más grande y genial conquistador de la historia o censurado como un visionario ensoñador, déspota, caprichoso y arbitrario constructor de un castillo de naipes que se desmoronó a su muerte. Sea como sea, siempre será el gran Alejandro el Magno.
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