ENRIQUE III DE FRANCIA - 1551/1589

Monarca francés. Primogénito de Enrique II de Valois y Catalina de Médicis. Su muerte sin descendencia significó el fin de la dinastía y la llegada al trono de los Borbones en el país vecino. Esto se achaca a la sífilis, que trajo a la familia Valois su abuelo Francisco I, pero no se debe pasar por alto que los tres hermanos parecieron sentirse más atraídos por los hombres que por las mujeres. 

Enrique subió al trono a la muerte de su hermano Carlos IX, que fue el sucesor de su padre Enrique II. Se casó con Luisa de Vaudemont.

De aspecto agraciado pero definitivamente afeminado, Enrique era amante de las sedas, joyas y hasta se daba a hacer corsés iguales a los de su esposa para afinar su cintura. Enrique se desquiciaba por los perfumes y muchas veces olía más que un burdel entero. Pronto, el rey se hizo rodear de un séquito de mariposones jóvenes a quienes se les llamó los Mignons du Roy (los bonitos del Rey).

La imagen de Enrique III en Francia se asocia a una anécdota que cuenta que éste hizo una parada en Venecia antes de su coronación para pasar la noche con Veronica Franco, la prostituta más famosa de su tiempo. Pero uno de los aspectos más espectaculares de su corte fue el regimiento de muchachos de que se rodeó, con los que parecía tener frecuentes relaciones sexuales y que a su vez tenían relaciones sexuales con otras mujeres. Había en esto una voluntad de escándalo casi perversa: los mignons vestían y se maquillaban con afeminamiento y hacían gala de modales amanerados, algo que fue imitado como imagen de sofisticación al otro lado del Canal de la Mancha.

Hay anécdotas sobre su tendencia al travestismo, según las cuales gustaba de llevar a cabo audiencias vestido de mujer; pero la falta de evidencia clara parece indicar que se trataba de la imaginación popular, que estableció su propio sistema de conexiones. El odio del pueblo se manifestó en pasquines y burlas, aunque en realidad, gran parte de la propaganda adversa fue injusta y se debió a motivos políticos: lejos de ser simplemente el monarca afeminado de los rumores, Enrique III fue un soldado brillante que había derrotado a los líderes hugonotes a los dieciocho años en Montcontour. Su defensa de la causa católica fue firme al principio, aunque fue acusado de debilidad con los protestantes, y su propio comportamiento oscilaba entre momentos de histérico ascetismo y períodos de excesos. 

Los católicos nunca le perdonaron que para apaciguar las luchas entre católicos y protestantes, firmara el Edicto de Beaulieu, el cual concedía a los hugonotes el derecho de ser admitidos en los empleos públicos, practicar su culto públicamente menos enParís, tener representación en los parlamentos, y otros beneficios.

Entre los amantes del rey figuraron como grandes favoritos el Duque de Epernon, el Duque de Joyeuse y Francois D´Or. Francois D´Epinay de Saint Luc fue compañero suyo en las Guerras de Religión pero cayó pronto en desgracia, Jean Alexaindre de Normandie lo volvió loco de pasión hasta que lo dejó cuando se retiró a una vida semimonástica de filósofo ermitaño, y Louis Berenger, señor de Guast, quien fue asesinado por orden de Margarita de Valois, hermana de Enrique. Entre otros favoritos figuraron el judío Jacques de Lévis (Conde de Quelus), Louis de Maugiron et Livarot y David Edouard de Praslin. Algunos de ellos llegaron a hacer amistad con la reina Luisa. Enrique III y Luisa nunca tuvieron hijos, y por eso Enrique sería el último Valois en sentarse en el trono francés.

Nos encontramos ante un hombre sensible e inteligente, generoso (quizá demasiado) con sus favoritos, al que la afirmación de la propia personalidad le hizo descuidar una delicada situación política que habría requerido una inteligencia más convencional.

El 1º de agosto de 1589, un fanático fraile jacobino llamado Jacques Clément, con muy poca clemencia y en venganza por su "blandura" con los hugonotes protestantes acuchilló a Enrique III en Saint Cloud. Con su último aliento y con sus ropas convertidas en una macabra sopa de sangre  reconoció a su cuñado Enrique de Navarra como su heredero al trono.

Los retratos de Enrique III revelan una profunda melancolía y una tristeza solitaria que nos hace suponer que debió de haber sido un hombre con grandes sufrimientos. Leyendo unas cartas enviadas por Enrique a su amante Jean Aleixandre de Normandie, el monarca se quejaba de "una pesadumbre más del alma que del cuerpo, el cual de momento se contenta, pero luego regresa a mi corazón esa añoranza sin nombre, ese saber que nunca tendré paz hasta que muera." 

           
 

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