LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES

AFEMINADO

Éste es uno de los sambenitos que la curiosamente denominada "sabiduría popular" atribuye a los homosexuales masculinos. Su equivalente femenino es la de marimacho. El concepto afeminamiento tiene que ver con la adopción de características femeninas por parte de los hombres como consecuencia de una identificación más o menos activa con el otro sexo. El rol sexual se convierte en una característica esencial, y en el paradigma de inversión el afeminamiento es consustancial a la homosexualidad. Las actitudes institucionales y de los grupos  homosexuales frente a éste varían. La identificación entre afeminamiento y homosexualidad no ha sido constante a lo largo de la historia. En el Siglo de Oro Español, por ejemplo, "afeminado" significaba "apaciguar", como se deduce del título de la obra de Calderón de la Barca Fieras afemina Amor. Es cierto que Galateo (Giovanni della Casa, 1558) critica a los hombres que se maquillan y se visten con exceso, y relaciona esta actitud poco masculina con la sodomía, pero no puede olvidarse que en la Inglaterra de la Restauración la imagen del caballero de modales afeminados y vestido a la última moda se asociaba al seductor heterosexual. Institucionalmente, la identificación casi exclusiva entre homosexuales y afeminamiento es una operación que hace al homosexual más identificable y más fácilmente rechazable, presentándolo como alguien que no pertenece en realidad a ninguno de los dos sexos naturales. Este intento ideológico se legítima en el discurso de la ciencia a través del modelo de inversión. El estereotipo del afeminamiento atrapa al homosexual, ya que le fuerza a buscar una definición frente al mismo: el tipo conocido como mariarmario o "musculoca", por ejemplo que constituye una suerte de respuesta por parte de los homosexuales para negarlo. Pero este esfuerzo por la negación puede tener un significado homófobo, ya que presupone (como sugiere el heterosexismo) que hay algo perverso en la inversión. Como sucede con otros conceptos que intentan fijar la homosexualidad como un significante, acaba funcionando de dos maneras opuestas: por una parte, hace más notables a los individuos que son de  hecho afeminados, identificando (a veces erróneamente) la orientación sexual con el rol; pero, por la otra, el no ser afeminado es algo que puede proteger al homosexual en el armario. La visibilidad del afeminamiento como marca de homosexualidad, en una perversa vuelta de tuerca, es, a su vez, un arma de doble filo: en Estados Unidos, que es el país  donde se han realizado más estudios sociológicos de este tipo, hay testimonios personales que sugieren que muchos homosexuales cultivarían el afeminamiento para resultar más controlables, para ser más reconocibles y así apaciguar los sentimientos que  produce el pánico homosexual en presuntos heterosexuales. Según estos sociólogos, el afeminamiento da una identidad al homosexual. Le convierte en objetivo de críticas, pero también confirma su posición como víctima o como enfermo, lo que puede contribuir a la comprensión. Esta fijación de la identidad puede tener otros efectos positivos: algunos informantes declaran que, dado que el homosexual afeminado aparece como "mujer" a los ojos del macho, algunos hombres no consideran que su virilidad se vea afectada por tener relaciones con estos individuos (especialmente en las sociedades que someten a la mujer a rigurosa vigilancia) y que así el homosexual afeminado puede conseguir cierta realización sexual, algo mucho más difícil si se opera manteniendo la orientación en secreto. Pero a pesar de estas lecturas positivas de los estereotipos conviene desconfiar de los mitos producidos por el heterosexismo: incluso cuando de supone que están controlados, acaban volviéndose en contra. En realidad, la asociación entre homosexualidad y afeminamiento proviene de una confusión, quizá calculada, entre orientación sexual e identificación con roles sexuales, y éste debe ser el primer paso en toda reivindicación de esta práctica o modelo de identidad. El afeminamiento se criticó con acritud en los años posteriores a Stonewall: por una parte, se consideraba algo misógino (los hombres parodiaban lo femenino); por la otra, reforzaba los estereotipos. La reciente reivindicación del afeminamiento o, al menos, de la androginia en los grupos queer presenta sus problemas, ya que de nuevo se borra dicha distinción. Con todo, hay que decir que el nuevo marco conceptual hace frente a algunas de las acusaciones del pasado: el afeminamiento queer es políticamente más eficaz (por tratarse de un rasgo activo) que el afeminamiento de quienes, simplemente, se han visto abocados a identificarse con roles sexuales femeninos adoptando una actitud pasiva. Por último, de más está decir, que no todos los hombres afeminados son pasivos ni tienen porqué ser, obligatoriamente, homosexuales. En ocasiones, bastante a menudo por cierto, hombres plenamente varoniles en su aspecto, comportamiento y usos, casados por ejemplo, buscan a individuos tipo travestí de apariencia totalmente femenina, no sólo para actuar con ellos como parte activa, sino para ser penetrados por aquella "mujer" con pene. Psicológicamente buscan el no sentirse homosexuales, ya que la relación sexual la entienden realizada con una especie de mujer complaciente y no con un hombre, lo cual les puede resultar degradante.


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