LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES

AMISTAD ENTRE PERSONAS DEL MISMO SEXO

Eufemismo y coartada, a la vez que refugio emocional; en ocasiones, se trata de un modelo de relaciones fronterizo con lo que se percibe como homosexualidad en una cultura dada; en otras, es precisamente la negación absoluta de ésta, lo totalmente contrario; la amistad está ahí donde la homosexualidad se niega y ambas se conceptualizan como incompatibles. "Amigos" se presenta como la antítesis de "amante". Las delimitaciones de lo que constituye homosexualidad han cambiado a lo largo del tiempo y en el caso de las relaciones entre hombres o entre mujeres, estos cambios no son a menudo más que una modificación en la frontera entre lo admisible (incluso admirable) y lo pecaminoso o ilegítimo. Las amistades íntimas entre hombres y entre mujeres, tanto en los textos literarios como en la historia, han sido en ocasiones muestras de homosexualidad con otro nombre, homosexualidad no sólo tolerada por distintas culturas, sino incluso alentada. La clave está en la pretensión de ausencia del elemento sexual; en mantener la ilusión de que la homosexualidad es un estado ajeno a la normalidad, de que no hay continuidad entre el afecto, la solidaridad y la camaradería heterosexuales y los sentimientos homoeróticos. Claro que el esfuerzo simbólico por erigir esta barrera insalvable puede conseguir su objetivo de crear un ámbito de seguridad heterosexual, pero al reflexionar sobre las relaciones entre lo homoerótico y la amistad a través de la historia es fácil percibir cómo ambos tipos de relación se hallan más sutilmente imbricadas de lo que en general se admite. Esto no quiere decir que bajo toda amistad intensa haya un "elemento homosexual" (como querían, por ejemplo, ciertas versiones del psicoanálisis), pero se ponen de relieve las dificultades de conceptualización de ambos términos por separado, como si se tratase de realidades independientes que se excluyen mutuamente. A través de las relaciones homosociales, todas las culturas parecen favorecer las relaciones estrechas entre miembros del mismo sexo. Lo único que diferencia a los amigos de los amantes es la creencia de que no hay una relación sexual genital entre los primeros: mientras una sociedad sea capaz de creer esto, no hay problemas, razón por la cual antes de la segunda mitad del siglo XIX, en la que los paradigmas de constitución del deseo se definían con menos rigidez, era fácil cruzar la frontera sin que cundiera el escándalo. Todas las culturas permitían una amplia gama de relaciones entre personas del mismo sexo para canalizar los sentimientos y que delimitan la expresión del afecto. Para evitar la marginalidad, el individuo sólo tiene que evitar aquellos comportamientos que, en el sistema cultural en que le ha correspondido vivir, le adjudicarían la problemática etiqueta de "homosexual" o algún equivalente. Y cabe añadir que, en sí, las relaciones sexuales genitales no han sido siempre tabú entre amigos. El paradigma de la amistad cambia a lo largo de los siglos, y un repaso a algunas manifestaciones quizá sugiera que nuestra época no es la más liberal al definir lo permisible en las relaciones de afecto entre personas de un mismo sexo. Tanto sir Francis Bacon como Michel de Montaigne, dos de los más afamados ensayistas del siglo XVI, escriben ensayos sobre la amistad plagados de imaginería homoerótica: el primero se centra en la belleza masculina; el segundo comparte con el lector sus sentimientos por su amigo Etienne, fallecido en plena juventud. Entre los hombres, el concepto de amistad presenta un amor viril, no manchado por las demandas feminizantes de las mujeres. Pero una vez se difunde la idea de que el sexo está en todas partes, estas amistades empiezan a verse con desconfianza. El poema de Lord Tennyson "In Memoriam" constituye un ejemplo de este cambio de paradigma. Se trata de una elegía dedicada a su amigo Hallam, que murió en 1833. La acogida inicial apreció el carácter viril de esta amistad, pero en los últimos años de su vida el poeta tuvo que hacer algunas enmiendas, quizá reconociendo que el cambio de definiciones entre lo homosexual y lo homoerótico permitía una lectura sexual de su elegía que nunca pretendió. Muchos textos del siglo XIX dan lugar a lecturas ambiguas. A finales de siglo, en cambio, Walt Whitman no consiguió eludir la sospecha de que en la camaradería que exaltaba había un claro elemento sexual. Hasta la Segunda Guerra Mundial, muchas relaciones homoeróticas se ocultan bajo el nombre de amistad: la narrativa de Rudyard Kiplin sería uno de los ejemplos más notables, pero recordemos también las películas de trasfondo bélico de los años treinta: en La patrulla perdida (1934), de John Ford, como en tantas otras, hay una lírica de la camaradería entre hombres amenazados de muerte que hoy se presta a lecturas homoeróticas. El subtexto se hace explícito en 1947 con la novela de Gore Vidal La ciudad y el pilar de sal, en la que uno de los dos amigos de juventud acaba reconociendo su homosexualidad. Desde los años cincuenta, cuando la sombra de la homosexualidad se proyecta amenazadora sobre los voluntariosos heterosexuales, las relaciones de camaradería en ambientes como los equipos deportivos y el ejército se encuentran profundamente ritualizadas para evitar que se confundan con aquello que quiere evitarse a toda costa. Por supuesto el efecto es un acartonamiento de estas relaciones, en las que hay demasiadas barreras infranqueables: pueden atizarse tortas y gritar como descosidos, pero siempre tienen que exhibir a sus mujeres para que no haya lugar a dudas de que separan perfectamente unas cosas de otras. Tiempos difíciles para los desorientados varones heterosexuales y también para los homosexuales en muchos lugares del mundo.

 

Jonathan y David


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