LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES
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ANDROGINIA
Una de las imágenes recurrentes en la concepción clásica del objeto del deseo homoerótico es la androginia. El andrógino es la representación más común del efebo: su aspecto inocente, carente de agresividad, permite al espectador fantasear sobre una pasividad intrínseca que se presta a la mirada. En literatura, se trata de un elemento que a menudo ha permitido jugar con la identidad sexual: pensemos en el teatro isabelino o en el Persiles de Cervantes. La tradición literaria de la confusión sexual a partir de la indefinición en la apariencia culmina en el Sarrasine de Balzac. A partir de entonces la androginia se convertirá en signo de perversión, imagen recurrente en el Decadentismo, algo que en las artes visuales siempre había estado presente. El descubrimiento de la belleza del cuerpo humano en el Renacimiento se hace utilizando la imagen del adolescente andrógino: al Apolo de Belvedere, de estar vivo hoy en día, le prohibirían la entrada en ciertos locales leather por lo afeminado que resultaba. Andrógina es la Venus de Milo. los rasgos delicados y las caderas curvadas en los modelos masculinos contrastan con los cuerpos de matrona de las mujeres. Los efebos de Leonardo da Vinci y Caravaggio comparten formas físicas no del todo definidas, como si se encontrasen en un estado previo a la determinación sexual, algo que autoriza el deseo homoerótico. La pintura neoclásica francesa (especialmente David y Gericault) retoma la figura del andrógino, inspirándose en las reflexiones de Winckleman para representar guerreros. Con el Decadentismo, la androginia pasa a representar un claro desafío a los valores establecidos, un rechazo a aceptar un lugar definido en la matriz heterosexista. Entre los pintores que utilizan figuras andróginas en su trabajo para construir una mirada deseante se encuentra Simeon Solomon, cuyo Endymion resulta sexualmente ambiguo. La estética andrógina se extiende en los ámbitos artísticos: las mujeres a menudo aparecen representadas con una fuerte estructura ósea, mandíbulas prominentes y senos pequeños, mientras que la imagen del dandi es la de un joven delicado y de líneas casi sinuosas. Desde finales del siglo XIX la androginia en el vestir y en el comportarse se ha considerado sospechosa: de George Sand a Radclyffe Hall, escritoras, de Robert de Montesquiou a Quentin Crisp, escritores y sobre todo dandis, la androginia era significante de homosexualidad y, por lo tanto, fuente de transgresión. había aquí una imitación de los escritos médicos que utilizaban el paradigma de la inversión. Del mismo modo, son andróginos los personajes de la narrativa pederástica de André Gide, Norman Douglas, Ronald Firbank y Thomas Mann. Hon en día, el recurso de la androginia se considera conservador, como si se tratase de algo propio de gente mayor que no se ha enterado de que lo que se lleva ahora es la hipermasculinidad. La idea es que todo lo que sugiera afeminamiento confirma las ideas homofóbicas sobre la identidad homosexual. Sin embargo, frente a este intento de convertir la identidad homosexual en otro monolito opresor, la reivindicación de la androginia llega a tener un valor político: no se trata de decir que el homosexual es afeminado (y en todo caso, ¿qué tendría de malo?) sino que se atreve a desafiar la noción de masculinidad militante. Uno de los tratamientos más tempranos del tema (en un marco decadente) en España es el poema "Andrógino", de José Antich, publicado en 1904. |