LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES

ESPAÑA

El excelente trabajo sobre la historia de la homosexualidad en España realizado por Daniel Eisenberg y publicado en la Encyclopaedia of Homosexuality de Dynes, sirve sobre todo para mostrar cuanto queda por hacer. Eisenberg se refiere continuamente a la riqueza de la cultura homosexual hispánica y a la originalidad de las representaciones del homoerotismo en España, pero a menudo es incapaz de ilustrar sus propuestas de manera fehaciente. La homosexualidad está ahí sin duda, pero sin un grupo de intelectuales procedentes de diversas disciplinas que se entreguen a la difícil labor de documentarla, teorizarla, producir lecturas y publicarla, nunca se conocerá completamente la totalidad del tesoro que queda por descubrir. El bueno del doctor Gregorio Marañón advertía de que ese tipo de cosas se daban menos entre sus compatriotas que en otros países europeos (para algunos la homosexualidad siempre es cosa del otro, ya se sabe: siempre es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio), aunque paradójicamente él es el responsable de la recuperación de homosexuales en la historia española como Antonio Pérez y Enrique IV de Castilla, así como la definición de la condición de la homosexualidad reprimida de Don Juan, entendiendo que el "supermacho", cuyo objetivo y mayor gloria es la de desflorar doncellas y gozar de todo tipo de  mujeres distintas (cuantas más mejor) en una loca carrera sin fin, no es más que un hombre que no asume su condición homosexual y que, inconscientemente, se siente obligado a demostrar en todo momento, y lugar, su extrema hombría cercana al absurdo. En cualquier caso, la historia de la homosexualidad en España se encuentra todavía en mantillas. A continuación presentamos una imagen fragmentada de algunos de los escasos momentos de visibilidad unidos a otros momentos en que hipotéticamente debió de existir una cultura de la homosexualidad que los investigadores aún no han logrado delimitar. Las primeras manifestaciones documentales se encuentran durante la romanización. En Roma, el concepto de homosexualidad no existe y es habitual que quienes puedan permitírselo tengan relaciones tanto con mujeres como con hombres. Llamar a esto bisexualidad es también problemático, ya que el término presenta como deseo doble lo que bien pudo reducirse a una amplia gama de prácticas sexuales realizadas según las necesidades o la persona deseada. El poeta Marcial y los emperadores Trajano y Adriano nacieron en la península Ibérica, lo cual sugiere que, por lo menos, la homosexualidad era allí tan común como en otras provincias. Tras un período de oscuridad, del que se carece de información concreta, saltamos siete siglos para llegar a la Islamización de la península. Nadie puede negar hoy que se trató de un hecho afortunado y todo un espaldarazo a la (futura) cultura nacional. La actitud vergonzante hacia el pasado islámico que adoptaron gobernantes y ciertos intelectuales desde el siglo XVI hizo que parte de las semillas del Islam nunca fructificasen debidamente. Frente a las culturas visigóticas que fueron desplazadas por los árabes, estos supieron adaptar en nuestro país la sensualidad y la riqueza erótica de su cultura. Hay que hacer alusión, necesariamente, a la opresión de que eran víctimas las mujeres, pero también hay que añadir que en esta época su situación no era mucho mejor en otras latitudes. Al-Andalus fue sexualmente más abierta que otros territorios islámicos en los que las enseñanzas de Mahoma se seguían de manera más rigurosa. La lejanía de Bagdad hizo que algunos aspectos que el Corán trata con cautela, como "el amor de los muchachos", fueran aquí bastante frecuentes y normales. La flor y nata de los poetas andalusíes han dejado constancia de una cómoda bisexualidad en sus escritos: Abú Nuás, Ben Sahl de Sevilla,

Al Rusafi de Valencia o el gran Ibn Quzman son muestra de la frecuencia en que el homoerotismo se manifestaba entre nosotros. Se trata de algo que siempre ha resultado irritante a los representantes de la España más retrógrada, como muestra el revuelo que causó la publicación en 1930 de la antología Poemas arábigo andaluces, de Emilio García Gómez, en la que el arabista había osado mantener el carácter homoerótico de algunos de ellos. La cultura judía alcanza gran desarrollo en España bajo los musulmanes, y en un fascinante artículo titulado "Deal Gently with the young man: Love of Boys in Medieval Hebrew Poetry of Spain", Norman Roth muestra un buen número de manifestaciones de amor dirigidas a muchachos, con representantes como Ha-Levi, Salomón Ibn Gabirol, Moisés Ibn Ezra y Samuel Ibn Nagrillah, que encontraron inspiración tanto en la Biblia como en la poesía hispano-árabe del período comprendido entre los siglos XII y XIV. Por si los ejemplos literarios no fueran suficientes, tenemos crónicas del reino de Granada, en las que podemos comprobar como la cuestión no producía ansiedad alguna ni a los califas ni a sus súbditos. Mientras tanto, en la España cristiana, las cosas eran ligeramente distintas. A pesar de que incluso la ascética Castilla parece haber sido más reacia al puritanismo sexual que otras naciones transpirenaicas, encontramos desde finales del siglo XIII un esfuerzo concreto por legislar la homosexualidad. Los motivos aducidos por John Boswell en su monumental Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad pueden aplicarse a nuestro país: consolidación del canon eclesiástico, legislaciones más restrictivas como manifestación de poder, reacción contra la mayor visibilidad de la homosexualidad en los siglos XII y XIII, etc. Dos documentos pueden apoyar este movimiento hacia un mayor conservadurismo. Las siete partidas, de Alfonso X el Sabio, en el título XXI trata "De los que facen pecado de luxuria contra natura", que delimita así: "Sodomítico dicen del pecado en que caen los homes yaciendo unos con otros contra bondat et costumbre natural. Et porque tal pecado como este nascen muchos males á la tierra do se face, et es cosa que pesa mucho á Dios con ella, et sale ende mala fama non tan solamente á los facedores, mas aun á la tierra do es consentido [...] queremos aqui decir apartadamente de este". Como es normal en la legislación de la época, la autoridad para condenar la homosexualidad procede de las Escrituras, directamente del poder divino, encarnado en el Rey. Tras aducir la historia de Sodoma y Gomorra como justificación, se legisla lo siguiente: "Cada uno del pueblo puede acusar á los homes que facen pecado contra natura. Et este acusamiento debe ser fecho delante del judgador del lugar do ficiesen tal yerro: et si les fuere probado, deben morir por ende, también el que lo face como el que por lo consiente, fueras ende si alguno dellos lo hobiese á facer por fuerza ó fuese menor de catorce años; ca entonce non deben recebir pena porque los que son forzados non son en culpa". El segundo documento de las postrimerías del siglo XIII que nos interesa destacar es Los fueros de Alcaraz y de Alarcón. El título 285 señala lo siguiente bajo el epígrafe "De los sodomíticos: Et todo aquel omne que fuere fallado fodiendo a otro omne sea quemado. E todo aquel que a otro dixere: " Yo te fodi por el culo", si prouado fuere por uerdat, sean ambos quemados; e si non, se quemado aquel que la nemiga dize". Se trata de un curioso documento que hila fino a la hora de legislar: el Título 291 se refiere a quienes "meten palos por el culo" y anteriormente hay una referencia a quienes "ponen el culo en la cara del prójimo", como si se tratase  de delitos tan frecuentes que fuera necesario tipificarlos. La aplicación de estas leyes resultaba problemática. La existencia de reyes homosexuales como Juan II y Enrique IV en el siglo XV mantiene la sodomía en el imaginario cultural de Castilla a finales de la Edad Media (existen también referencias ambiguas  de la orientación sexual de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán). El reinado de Juan II fue especialmente rico en manifestaciones culturales y creó un entorno artístico en el que se produce el nacimiento de la lírica amorosa hispana. Con la Inquisición y la unificación bajo los Reyes Católicos se recrudece la homofobia, y resulta más difícil encontrar referencias homoeróticas en literatura "oficial". aunque en general las referencias al "pecado nefando" aparecen en literatura anticlerical (como las Coplas del provincial), procesos como el de Loja, en 1509, apuntan a una heterodoxia sexual que nuestros especialistas no han sabido (o no han querido) ver. El Renacimiento y el Siglo de Oro son terrenos por explorar. De nuevo, es fácil encontrar documentos concretos que, por ejemplo, sugieren que el gran poeta Ausiàs Marc gustaba de los muchachos. El anecdotario continúa con las sátiras de Quevedo, en las que califica a Góngora (y a tantos otros) de "bujarrones". Góngora ha sido objeto de especulación por encontrarse en el centro de un círculo de autores en cuyas obras aparecían ciertos códigos de cultura homosexual: don Luis cita a Ganímedes en sus Soledades como punto de comparación con su protagonista; su seguidor Pedro Soto de Rojas compuso un poema dedicado a Adonis, y otro seguidor, Villamediana, se vio implicado en un escándalo político y circulaban rumores sobre su homosexualidad. Además, si bien no se ha escrito nada concluyente que confirme las alegaciones de que nuestro Cervantes conoció relaciones homosexuales, algunos episodios de su vida apuntan a que, por lo menos, esto fue posible y, sin duda, obras como el Persiles o El licenciado Vidriera admiten lecturas enriquecedoras desde este prisma. Eisenberg se refiere también a Tirso de Molina, que perteneció a la orden de la Merced (que aparece a menudo como un grupo en el que la homosexualidad tenía especial incidencia) y en cuyas obras el motivo del "hombre vestido de mujer" es más común que en las de sus contemporáneos. Por último, hay alguna referencia a la sodomía con carácter burlón en el teatro áureo, generalmente asociada a los personajes grotescos que se denominaban "figurones". Un ejemplo lo tenemos en El señor de Noches Buenas, comedia del dramaturgo Álvaro Cubillo de Aragón, en la que un personaje caricaturesco es tomado por sodomita. La sodomía es también motivo de confusión en Los malcasados de Valencia, de Guillem de Castro. La idea de que las monjas pueden haber formado comunidades lésbicas  y el papel de Santa Teresa de Jesús como matriarca de estas comunidades exclusivas no pasa de ser algo fascinante que requiere una mente brillante y años de investigación. En cualquier caso un estudio de la posible incidencia de una cultura homosexual en torno al teatro, los círculos intelectuales o la corte (tal como se ha documentado en Gran Bretaña) está por realizar. Sobre los monasterios ha escrito Carlos Espejo Muriel un trabajo denominado El deseo negado, centrado en los monjes medievales. La llegada al Nuevo Mundo da lugar a descripciones de las culturas precolombinas en que se manifiesta la sorpresa ante la frecuencia del "pecado "nefando", algo que se utiliza como justificación de la necesidad de evangelización. Por otra parte, en la Península, obras como Viaje a Turquía también adjudican la homosexualidad al "otro", en este caso a los turcos. Como en el caso mencionado del doctor Marañón, puede que sea posible una lectura perversa de estas reacciones como ejemplo de achacar al vecino lo que se tiene en casa. El proceso póstumo a Villamediana y los documentos que hablan de una red de prostíbulos homo y heterosexuales en el Madrid de los Austrias regentada y frecuentada por personalidades de la corte pueden ser sólo la punta del iceberg de las manifestaciones de homosexualidad durante el siglo XVII. Es cierto que la Inquisición persiguió a los sodomitas, pero como apunta Rafael Carrasco en su estudio Inquisición y represión sexual en Valencia (un extraordinario trabajo que no ha recibido la atención que se merece), esto no sucedió de manera continua y consistente. En cuanto a mujeres, sólo se tiene constancia de un caso de "intento de sodomización" en 1549; en otros casos, se condenaba a penas de prisión a las mujeres que se acoplaran falos de madera. El extraño caso de Elena Céspedes muestra alguna de las contradicciones del período. El aparente silencio al respecto durante los siglos XVIII y XIX se debe de nuevo a la falta de investigación al respecto. Diversos documentos parecen utilizar la homosexualidad, todavía penada, como arma arrojadiza con distintos fines. En otros casos, la evidencia resulta estimulante y por lo menos sugiere que la sexualidad de ciertos personajes no resulta tan monolítica como se nos hace creer. Un ejemplo es el pintor Francisco de Goya, de quien se han encontrado cartas escritas en términos muy sentimentales que iban dirigidas a otro hombre. Si esto se debe a las "convenciones del período" o hay manifestaciones de sentimientos homoeróticos requiere, en primer lugar un análisis riguroso de la demarcación de "lo homosexual" en la época como entidad distinta a lo que llamaríamos lo "homosocial" y la separación del deseo y la amistad. Otra figura en cuya leyenda hay elementos de homosexualidad que conviene estudiar con cierto detalle es Manuel Godoy, hombre clave en la política hispana entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Por último, el proceso contra Gesualdo Felices es un excelente ejemplo de las actitudes frente al libertinaje homosexual en el siglo XVIII. España no fue inmune a las corrientes de medicalización decimonónica, como atestiguan dos trabajos de carácter histórico: Homosexualidad hoy, de Antoni Mirabet i Mullol (un riguroso trabajo que incluye la primera historia de la homosexualidad en España), y Sexo y razón, de Francisco Vázquez García y Andrés Moreno Mengíbar (que no se centra en la homosexualidad pero que teoriza las percepciones de la "anomalía sexual" entre los siglos XVI y XIX). La obra de juristas como De Tapia y médicos como el doctor Mata es un buen ejemplo de los intentos de fijar al homosexual como objeto de análisis científico. Hacia finales del siglo XIX empiezan a aparecer las primeras manifestaciones de ciertas corrientes que llevarían a una explosión cultural en las primeras décadas del siglo XX. En la obra ensayística de intelectuales como don Manuel Azaña encontramos un libertarismo anticatólico procedente de las enseñanzas de Francisco Giner de los Ríos. Frente al sistema imperante de "Santiago y cierra España" encontramos un deseo por la integración europea que abre las puertas a diversas corrientes artísticas e intelectuales. El modernismo en España y en América Latina toma elementos del decadentismo europeo, y si bien la homosexualidad no siempre se discute con franqueza, la presencia de homosexuales en el período merece gran atención. La novela de Luis Antonio de Villena Divino muestra las nuevas corrientes en la época del cuplé, y la lectura de La novela de un literato, de Rafael Cansinos Asséns, puede satisfacer la curiosidad de aquellos que busquen manifestaciones de homosexualidad en el período e incluso pistas sobre el modo en que ésta se articula con ciertas manifestaciones literarias. Autores como Miguel de Unamuno, Valle -Inclán, Manuel Machado, o Pío Baroja mostraron su interés sobre el tema, y junto con Gregorio Marañón (que conocía la obra de Magnus Hirschfield) lo trataron repetidamente en sus escritos. Aunque todos ellos mostraban reservas (ninguno se distancia del paradigma que la califica de perversión), parece empezar a manifestarse la idea de que, en cualquier caso, la legislación contra los homosexuales es brutal y debe suprimirse. Con todo, varios autores han insistido en la homofobia extrema que generaba el machismo español. Uno de los ejemplos más conocidos es el de Luis Buñuel, que se jactó de haberse dedicado a zurrar a homosexuales en mingitorios. El movimiento hacia una mayor apertura se iba consolidando y podía haber fructificado en la obra de la Generación del 27, pero la llegada del franquismo dio al traste con los avances del período republicano. Los fascistas utilizaron el insulto homófobo para mostrar una imagen de España decadente y gobernada por homosexuales, y el machismo brutal se convirtió en ley. La izquierda, por su parte, se apresuró a hablar de la homosexualidad de José Antonio Primo de Rivera. Como culminación de esta ceremonia de la confusión en la que alguien debería poner orden tenemos los rumores (negados por Ian Gibson) de una íntima amistad entre Primo de Rivera y Federico García Lorca. Fueron años de confusión, sí, pero esto sólo significaba que la homosexualidad debía mantenerse oculta. Las frecuentes redadas y los escándalos acallados por las autoridades siguen apuntando a una subcultura homosexual durante el franquismo que, una vez más requiere atención y trabajo. La homosexualidad se castigó primero a través de la Ley de Vagos y Maleantes y a continuación bajo la autoridad de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Los años setenta ven la publicación, impulsada por Armand de Fluviá, de la primera revista homosexual en España, Aghois, y de los inicios del activismo en España a través de los contactos establecidos con grupos de otros países. Desde el final del franquismo, las cosas mejoraron, aunque de alguna manera el movimiento gay no consiguió introducir la cuestión homosexual como un punto importante en la agenda nacional de libertades a recuperar. Si bien la opresión explícita en forma de insultos o burlas sigue siendo corriente, el principal problema en España, ahora como en otras épocas, es el silencio. Periódicamente, asuntos como el caso Arny y "el beso" lésbico que llevó a la detención de dos mujeres, nos recuerdan que la homofobia presente en la sociedad española está lejos de desaparecer y que en cualquier momento puede volverse en contra nuestra. Por eso se hace necesario poner a prueba a muchos reaccionarios que no son más que homosexuales que se ocultan dentro del armario hablando del tema. Pocos intelectuales rompen una lanza en favor de la homosexualidad o en contra de la homofobia. La lista de honrosas excepciones incluye a Vicente Molina Foix, Terenci Moix, Fernando Savater, Maruja Torres, Eduardo Mendicutti, Luis Antonio de Villena, Lluís Maria Todó y Leopoldo Alas. Hubo un intelectual gay, Alberto Cardín, cuya influencia fue menor de lo que se pudo haber esperado, y esto no se debía al cariz de su obra, (original, rigurosa y en consonancia con nuestra cultura), sino al mal endémico de la intelectualidad española: las rencillas y los personalismos que nunca permiten que las iniciativas prosperen. Por lo demás, figuras cuya opinión podría influir en sacar el debate a la luz parecen haberse autoimpuesto un silencio que contribuye a la situación que sufrimos: gente como Javier Gurruchaga o Miguel Bosé, que, vida personal aparte, han utilizado en su trayectoria elementos de la cultura gay se niegan a reivindicar no ya la práctica, sino la mera presencia de lo gay en la sociedad (lo "sean" o "no lo sean", no estaría de más que hicieran alguna declaración positiva de vez en cuando, no sea que acabemos por sospechar que lo "son"). La razón siempre es la misma: el inalienable derecho a la vida privada. Una vida que podrían, en efecto, mantener privada, sin dejar de decantarse por cuestiones públicas. Y la homosexualidad ocupa un borroso ámbito entre lo privado y lo público: la homofobia es definitivamente un problema social, lo que cada uno hace en su cama es cosa personal. Comentario aparte lo merece el fenómeno de la televisión basura. Por las pantallas pululan unos tipos que explotan ya no su homosexualidad como tal, sino un exagerado amaneramiento y descaro rayano en la falta de la más mínima educación, con lo que parece que lo que quieren conseguir es rebajar el "Ser" homosexual, a la altura de personas sin clase ni otro recurso que interpretar alguna que otra "mariconada". Su intelectualidad se acaba en el más perfecto cotilleo y el despelleje del personaje de moda, normalmente mujeres sin oficio ni beneficio cuyo mayor mérito es haberse operado los labios (monstruosos) y de haberse operado los pechos (monstruosos) o tratar de los líos supuestamente amorosos (más bien de cama) de hombres y mujeres más o menos conocidos y, según el caso, sin importar mucho si de lo que hablan es cierto o no, emparejando hombres con hombres y mujeres con mujeres si es preciso. En los últimos años, representantes de la Política, Ejército, Policía y la Iglesia han manifestado valiente y públicamente su condición homosexual; la lástima es que sólo han sido cuatro, uno por cada estamento. El fenómeno Chueca en Madrid, puede entenderse como un signo de que las cosas mejoran, y sin duda es algo que debe producir satisfacción, pero al fin y al cabo se trata de un triunfo de la mentalidad de gueto. Algunos articulistas han apuntado cómo, primero, se trata de algo basado en el comercio, lo cual produce una identidad gay articulada por el capitalismo, y, segundo que imita excesivamente modelos extranjeros en este aspecto pero sin haber afrontado otros problemas de integración y visibilidad como sí se ha hecho en otros países. Algo parecido puede decirse del Gayxample de Barcelona. Eso sí, actualmente se dispone de varias revistas de bastante dudosa calidad desde el punto de vista intelectual, repartidas gratuitamente en los lugares de "ambiente". Previo pago en cualquier venta de periódicos se puede adquirir la revista Zero de una calidad bastante aceptable. No hemos dicho gran cosa de las lesbianas en España y se trata de una historia en la que desgraciadamente el vacío es totalmente desalentador. ¿Dónde están, dónde han estado? La historia del lesbianismo añade los problemas de la historia de la mujer a la historia de la homosexualidad. Catalina de Erauso, la Monja Alférez, puede ser estudiada desde una perspectiva lésbica, mientras que la vida de sor Juana Inés de la Cruz apunta hacia la existencia de una subcultura lesbiana en los conventos. Las manifestaciones literarias del amor lésbico son escasas, aún en clave de burla, y la invisibilidad de las lesbianas en la sociedad contemporánea es descorazonadora. El machismo atávico ha hecho que una figura clave como Empar Pineda haya quedado marginada por el movimiento gay. La narrativa lésbica sigue en mantillas y el número de autoras que se declaran lesbiana es incluso menor que el de caballeros. Debe de haber una historia secreta de las lesbianas en el país paralela a la de los homosexuales, pero sacarla a la luz va a requerir ganas, talento y suerte. No debe de ser imposible recuperar las vivencias de las lesbiana durante el franquismo, siguiendo el ejemplo de Lilian Faderman, que a través de entrevistas y documentación realizó un excelente trabajo sobre la vida de las lesbianas durante la posguerra en Estados Unidos. Los círculos feministas y artísticos de los años veinte  pueden ser un filón para investigadores e investigadoras (sería interesante estudiar las relaciones entre mujeres cercanas a la gran actriz Margarita Xirgu, por ejemplo) pero no hay que olvidar contribuciones individuales como la misteriosa Gertrudis Gómez de Avellaneda y otras mujeres independientes que no parecieron verse demasiado tentadas por los dudosos placeres del matrimonio. Dos ejemplos a destacar: la poeta Ana Martínez Sagi y la novelista Elisabeth Mulder. Para concluir, el problema central de la homosexualidad en España ha sido y sigue siendo la visibilidad: hay una situación de aparente tolerancia mientras, chistes aparte, no se menciona el tema; cuando la población se ve obligada a tenerlo en cuenta explícitamente, empiezan los gruñidos, "ya estamos", "los maricones estos". Vivimos en un país donde parece que nadie es homófobo porque no hay ocasión de demostrarlo, y la visibilidad suele desatar reacciones que ponen de manifiesto cómo las actitudes reales no han cambiado. Simplemente en muchos lugares de España (y de todo el mundo) lo único que hay que hacer es mantener las apariencias. Hasta hace poco (la motorización de la población ha hecho milagros), en los pueblos y en los barrios apartados de las ciudades, los "machos" que de día despreciaban al maricón oficial del pueblo, acudían por la noche al muro de detrás del cementerio, o a los arbustos de cerca del río, o a cualquier lugar apropiado, a pasarlo rico usando al que de día no era más que el "maricón"; no está claro quién era el que "usaba" a quienes. Solteros y papás de familia saben algo de todo esto (además de algunos padres, novias y esposas y todos seguramente tienen motivos para justificarlo). Respecto a la famosa "Ley" del Matrimonio Homosexual que se ha considerado como una gran victoria por parte de los movimientos gay, convendría comprobar el redactado de la ley la cual, en ningún caso se refiere a la homosexualidad. La ley permite el matrimonio entre personas del mismo sexo, sin importar si son gays o lesbianas enamorados, o se trata de dos hombres o dos mujeres heterosexuales que por cualquier motivo, interés económico incluido, tienen la idea de casarse. Por cierto no es ninguna ley, se trata de una modificación del Código Civil, en lo que respecta al apartado del matrimonio y especialmente a la supresión de "hombre y mujer, marido y esposa" por una palabra más neutra como "cónyuges". Véase también Josiah Blackmore y Gregory S. Hutcheson Queer Iberia Sexualities, Cultures and Crossings from de Middle Ages to de Renaissance (Duke U.P., 1999).


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