LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES

ESTADOS UNIDOS

No es que en Estados Unidos haya más homosexuales que en el resto del mundo. Tampoco es que "los americanos" sean más listos, ni más trabajadores, ni más ricos, ni, por supuesto, más liberales. Sin embargo, sobre la historia de la homosexualidad en este país de breve historia es probable que se haya escrito más que sobre el mismo tema referido a todos los demás países. Desde las comunidades bardajes entre los indios hasta las subculturas de los setenta en el medio-oeste, pasando por las aldeas puritanas, los cowboys, las ciudades portuarias del siglo XIX, el ejército, los marineros, las lesbianas durante los años cincuenta, el Harlem Renaissance, la prostitución homosexual en Nueva York, San Francisco como meca de la Segunda Guerra Mundial, los gays en Broadway, los gays en Hollywood, los gays en los medios de comunicación, las lesbianas chicanas, por no hablar de Stonewall, el sida y el activismo. Y sólo se trata de una mínima muestra de temas sobre los que hay libros enteros. Este afán por recuperar las propias raíces y sacar a la luz voces y culturas silenciadas aquí precisamente no es casual y se debe a la activación del concepto "gay" que se produce en los años sesenta y que ha sido utilizado como una herramienta para afirmarse a partir de la identidad social. El resultado es un sistema de referencia que contribuye a la visibilidad del homosexual en la sociedad, para bien y para mal. La contrapartida negativa es cierta tendencia a fijar identidades que muchas veces carecen de valor transformador de las estructuras sociales y pueden llegar a ser opresivas. Pero la conciencia de la propia historia proporciona por lo menos materiales que potencialmente pueden contribuir al cambio, que pueden conducir a un continuo reinventarse y a ganar control de la propia imagen en el sistema cultural. No fueron los europeos quienes introdujeron las relaciones homosexuales en el territorio que desde 1776 se denominaría Estados Unidos. Las comunidades nativas presentaban ciertos tipos sociales conocidos como bardajes, que presentan un modelo de identidad sexual distinto al que ofrece la matriz heterosexual. Los bardajes podían adoptar un rol sexual distinto al de su sexo biológico de manera provisional o de manera definitiva sin que esto afectase a su reputación social. Se han descrito otras formas de homosexualidad entre las comunidades de indios. El nombre despectivo de "bardajes" proviene del árabe y del persa "bardaj" que definen a los esclavos u hombres "mantenidos". Actualmente se ha adoptado, tanto para los hombres como para las mujeres que optan por serlo, una definición mucho más real y apropiada para lo que representaron en su cultura, o sea, son personas que se denominan "Dos Espíritus". La llegada de colonizadores europeos para construir comunidades estables se inicia en 1565 y será una de las causas de la variedad que encontraremos en la percepción y construcción de las identidades homosexuales en este país. Será posible encontrar manifestaciones del modelo mediterráneo debidas a poblaciones procedentes de Italia, Grecia y España, así como modelos basados en delimitaciones religiosas morales o patológicas, que llegan con las sucesivas oleadas de pobladores. Hay que decir, no obstante que el componente puritano es la base de todos los demás y se convierte pronto en un discurso de poder. La Biblia proporciona a los protestantes las pautas para observar el mundo, y la historia de Sodoma es la narrativa que se utiliza para justificar el rechazo de la homosexualidad. Hay ya en estos momentos leyes contra los sodomitas redactadas tomando directamente el lenguaje del Libro Sagrado. Sólo una ley de 1655 en New Haven penaliza a las lesbianas. No sabemos hasta qué punto se utilizaron estas leyes. Sólo hay evidencia de cuatro condenas de muerte hasta 1740. En cualquier caso, el concepto de homosexualidad no existía y no era la orientación sexual lo que se castigaba sino una práctica concreta que se consideraba una afrenta a Dios. Zonas bajo la influencia francesa, como Nueva Orleans, por otra parte, destacan desde el principio por un carácter más liberal en lo que se refiere a las cuestiones de sexo. Lo mismo sucede  en los territorios que dependían de España. El espíritu de la Ilustración que se extendió tras la Independencia no parece haber afectado las leyes sobre la sexualidad. El siglo XIX se caracteriza por una adopción de los valores del victorianismo inglés, pero la llegada de gentes de clase humilde de los cuatro puntos cardinales sugiere que el modelo de represión sexual sólo podía ser practicable en los niveles más altos de la sociedad. En situaciones más fronterizas, como las de los ganaderos y colonos del (cada vez menos) "lejano" oeste, entre las comunidades de marinos, entre el mísero proletariado de las ciudades, la homosexualidad pudo haber sido común. Dos figuras representan las dificultades de hablar de identidades homosexuales en la América decimonónica: Herman Melville y Walt Whitman. Ambos vivían en entornos donde el deseo podía recibir expresión,

 pero no un nombre. Cuando se le preguntó a Whitman si era homosexual, lo negó enfáticamente; sin embargo, los documentos biográficos y las corrientes de deseo reflejadas en su obra tampoco apuntan a lo que hoy llamaríamos "heterosexual". Existen estudios sobre las relaciones entre el presidente Lincoln y un muy buen amigo suyo llamado Joshua Speed. Fue notoria la relación del Director del F.B.I., J. Edgar Hoover y su pareja Clyde Tolson. Llegamos a un período, principios del siglo XX, en que la intervención de la ciencia empieza a fijar identidades sexuales, y autores como Horatio Alger, que escribió novelas para adolescentes, aparecen como figuras de transición entre la indeterminación y el paradigma patológico. Es también, lógicamente, el momento en el que aparece la primera generación de individuos que reconocen la nueva categoría como algo con lo que quieren identificarse. El ejemplo más destacable es Xavier Mayne, quizá el primer autor gay propiamente dicho. En la época de entreguerras se produce una configuración de las identidades homosexuales y la aparición de la subcultura homosexual. Es la época del Harlem Renaissance, de los inicios del musical de Broadway, también de los años dorados de Hollywood y de la aparición de una red de instituciones y locales, a veces al margen de la ley y por ello atractivos para los delincuentes. El mundo del espectáculo reunía a individuos de sexualidades disidentes y así ha continuado hasta nuestros días. Son años de visibilidad en que se llegan a publicar novelas homófilas dirigidas a un público restringido, tanto de hombres como de mujeres. Esto no debe llevarnos a pensar que se trataba de un paraíso. Las subculturas se daban exclusivamente en las grandes ciudades, mientras que las zonas rurales a menudo seguían dominadas por los fundamentalistas religiosos y ni siquiera en Nueva York la tolerancia fue continua: el estreno de La prisionera, de Bourdet, fue un gran escándalo y las autoridades obligaron a cerrar el teatro. La Segunda Guerra Mundial fue toda una experiencia para muchos hombres y mujeres en Estados Unidos que, lejos de su país, tuvieron que enfrentarse a la posibilidad de una muerte próxima. Esto, como sugieren los investigadores, les hizo dejar de lado el puritanismo y establecer relaciones sentimentales o sexuales con otros soldados. Durante la guerra el romance homosexual se convirtió en uno de los temas recurrentes en la narrativa acerca de la homosexualidad, y a veces fue motivo de chantaje. Las mujeres que se quedaron en la retaguardia tuvieron ocasión de experimentar en sus relaciones sin la supervisión masculina. El regreso al hogar fue duro en estas condiciones. Había que olvidar que se habían descubierto cosas interesantes acerca de uno mismo, formar una familia y volver a la realidad. No todos lo hicieron. Para John D'Emilio, San Francisco se convirtió en una especie de meca para ex combatientes que no querían "volver a la realidad" y esto fue una de las causas que la convertirían en una auténtica capital gay con el paso de los años. Pero fuera de unas pocas zonas protegidas, los cincuenta fueron duros para los homosexuales. En cambio, el siglo XIX había sido represivo con todo el mundo, y en cualquier caso había una resistencia a tocar el tema del sexo que los individuos podían utilizar en provecho propio. Durante la posguerra el psicoanálisis había hecho estragos: el sexo se había convertido en parte esencial de la experiencia humana y la homosexualidad en una amenaza; el homosexual, según la visión psicoanalítica que más hondo caló, era una enfermedad, en muchos casos curable. El Informe Kinsey no hizo más que levantar la liebre, y se leyó para justificar la persecución. Las cosas se pondrían peor con la llegada del macartismo, que marcó la vida de los homosexuales que trabajaban en instituciones públicas hasta bien entrados los sesenta. Se trata de un período en el que domina la dictadura de la conformidad. En este sentido, la expresión "el sueño americano" sólo puede entenderse en el sentido de "América adormecida". La homosexualidad no fue uno de los puntos fundamentales en los "libertarios" años sesenta. Se hablaba de experimentación sexual, pero rara vez se reivindicaba la homosexualidad. Fue necesario Stonewall, en 1969, para poner el tema de los derechos gays en la agenda política y, desde entonces ha existido una larga pugna por el reconocimiento y por llegar a la igualdad. Es cierto que se ha ganado visibilidad, que los homosexuales se han convertido en fuerza electoral y que algunas empresas los tienen en cuenta como grupo importante de consumidores. Por otra parte, la homosexualidad sigue criminalizada de diversos modos en varios estados y la emisión de algo tan inocente como un episodio de la serie televisiva Ellen en que la protagonista sale del armario fue intolerable para los defensores de los valores familiares. La llegada del sida, que diezmó brutalmente las comunidades homosexuales más importantes del país, fue un duro golpe al movimiento, tanto en lo que respecta a la legitimidad que se le concedía como a su fuerza real. Pero a finales de los ochenta se había creado un nuevo activismo que había aprendido de la crisis y que reclamaba sus derechos, si cabe con más fuerza que nunca, encarnado en grupos como Act Up.


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