LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES

FRANCIA

Si Alemania ha sido la cuna del activismo e Italia la utopía soñada, la cultura francesa de los dos últimos siglos ha generado algunas de las imágenes más influyentes en la construcción de las homosexualidades contemporáneas. Por si esto no fuera suficiente, más que países como Gran Bretaña, la cultura francófona cuenta con un gran número de escritores centrales en el canon literario cuya homosexualidad ha llegado a expresarse en sus escritos: autores como André Gide, Colette, Marcel Proust, Jean Genet, Michel Foucault, Roland Barthes, Monique Wittig, Bernard Marie Koltés, Henry de Montherlant o Marguerite Yourcenar, por citar sólo a figuras de primer orden, ocupan un lugar privilegiado tanto en el canon gay como en el canon general. Sin embargo, la historia de la homosexualidad en Francia no empieza de modo prometedor. Se carece de documentación sobre épocas tempranas (al contrario de lo que sucede, por ejemplo, con Italia), y en uno de los períodos álgidos de creación literaria, lo que los pomposos críticos franceses llaman Le Grand siècle, la homosexualidad brilla por su ausencia. Durante la Edad Media, en Francia la sodomía se asocia a las sectas heréticas (como los cátaros y los albigenses) y se castiga duramente. Es difícil separar el conflicto religioso de la homofobia: ¿se trataba de criticar el hedonismo presente en sectores no ortodoxos del clero o había una crítica concreta de los comportamientos homosexuales porque atentaban contra la estructura social? El caso de los templarios, a finales del siglo XIII, es significativo de un endurecimiento de las actitudes hacia la homosexualidad en toda Europa: eran condenados a la hoguera, castigo que seguiría vigente hasta el siglo XVIII. Con todo, durante este largo período encontramos alguna evidencia de subculturas homosexuales, especialmente asociadas a La Sorbona , en París. En el Renacimiento encontramos alusiones esporádicas, tanto en documentos de carácter legal (por ejemplo, en el caso de uno de los grandes humanistas franceses, Marc-Antoine Muret, al que una acusación, al parecer fundada, obligó a abandonar el país) como en textos literarios (Pierre de Ronsard

[1524-1585] y Pontus de Tyard [1521-1605] escriben poemas en que se habla del amor de una mujer por otra). Otro de los grandes humanistas franceses, Michel de Montaigne, expresó sus intensos sentimientos de amistad por el poeta Étienne de la Boétie, lo cual ha dado lugar a la especulación. Durante este período abundan los rumores, sobre todo en la corte. No sabemos hasta qué punto las acusaciones contra Enrique III se deben a un intento de desprestigiarlo, y tampoco es posible averiguar la verdad sobre la guardia privada de Catalina de Médicis, que, según insinuaron autores de la época, podría haberse compuesto de lesbianas. En el siglo XVII encontramos el fenómeno del "libertinismo", una manifestación importante, no sólo como antecedente de la figura del marqués de Sade (aristócrata homosexual. Sus obras están repletas de relaciones homosexuales, aunque siempre de forma pornográfica, criminal, repugnante y sádica), sino porque por primera vez la homosexualidad se trata como un tipo de comportamiento positivo que puede contribuir a destruir las anquilosadas estructuras del pasado. Denis Sanguin de Saint-Pavin proclamó a los cuatro vientos su amor por los efebos, y en la obra erótica del también homosexual Théophile de Viau encontramos diversas alusiones a la sodomía. Sin embargo, la homosexualidad está lejos de manifestarse en los trabajos con aspiraciones canónicas. De nuevo parece haberse dado con cierta frecuencia en la corte, y en algunos casos, como sucede con Luis XIII, hay pruebas para afirmar su homosexualidad casi con absoluta certeza. A pesar de las continuas especulaciones sobre la orientación sexual de Molière, los intentos de "leerla" en obras como Tartufo no resultan convincentes. Es muy posible que Molière, como otros hombres de teatro, hubiera tenido experiencias sexuales con hombres y con mujeres (existen cartas que atestiguan su afecto por un joven llamado Baron) pero probablemente no se trataba de una identidad que se reflejase en su trabajo de manera sencilla. Ya en el siglo XVIII, los críticos (y los contemporáneos) han hablado de la posibilidad de que el gran Voltaire compaginase su sarcasmo contra los sodomitas con experiencias homosexuales. Es cierto que a pesar de su voluntad satírica, que dirigía contra todos los blancos, criticó la brutal penalización de que era objeto la homosexualidad. También durante la Ilustración, Diderot, (en La religiosa) y Rousseau (en Las confesiones) se refieren de pasada al amor entre mujeres y entre hombres respectivamente. Pero hasta la Revolución de 1789, la homosexualidad carece en Francia de la importancia que pareció

tener en países como Gran Bretaña. La llegada del Código Napoleón en 1804 (uno de cuyos artífices fue Jean-Jacques Cambacérès, homosexual y archicanciller del Imperio Francés) cambia las cosas. La sodomía deja de ser delito castigado con la hoguera, y aunque las manifestaciones demasiado explícitas sean objeto de rechazo, la falta de sanciones legales hará que, por una parte, aparezca de manera recurrente en la obra de los grandes escritores, aunque por otra dificultará la creación de un movimiento homosexual (algo que sucedió en Alemania). Al grupo de los tres cónsules, Napoleón, Cambacérès y Lebrun se les llamaba en latín "Qui, Quae, Quod", o sea él, ella, ello en referencia a Napoleón macho, Cambacérès gay y Lebrun asexual. Así el siglo XIX es pródigo en representaciones de la homosexualidad, muy en especial del lesbianismo (ninguna otra cultura ofrece tal tesoro de personajes lésbicos). Esto no debe dar la impresión de que nos hallamos ante una utopía. Para empezar, la homosexualidad femenina se representa a menudo desde una perspectiva masculina: Las flores del mal, de Charles Baudelaire, es el primero y más importante documento de una larga tradición en la que las lesbianas son seres casi monstruos, con características vampíricas, mujeres caídas y pecaminosas. La fascinación por el lesbianismo aparece también en la obra de Théophile Gautier (Mademoiselle de Maupin [1835]), Honoré de Balzac (La muchacha de los ojos de oro [1835], Beatriz [1839], La prima Bétte [1846]), Paul Verlaine (Amies [1868]), Émile Zola (La curée [1871] y Naná [1879]) Alfred de Musset (Gamiani [1833]), Guy de Maupassant (La mujer de Paul) y de escritores menos importantes como Téodore de Banville (Erinna [1867]), Catulle Mendès (Méphistophela [1890]) o Adolphe Belot (Mademoiselle Giraud, ma femme [1870]), estos últimos autores de novelas populares de carácter folletinesco. La rica tradición sáfica es bastante cuestionable desde el punto de vista de las imágenes positivas (se ha insinuado que se trata de una manifestación de la escasa importancia que se daba a la sexualidad femenina en la sociedad), aunque llegó a influir en la obra de escritoras como George Sand, que partían de estos estereotipos para construir su propia identidad. De hecho, Sand es una autora importante como precursora del travestismo en los círculos intelectuales, y ha habido intentos desde la cultura lésbica de apropiarse de esta escritora independiente  que desafió las convenciones heterosexistas. Sin embargo esta obsesión, quizá malsana en su origen, dio a las lesbianas una visibilidad sin precedentes y sin paralelismos en otras culturas, que desembocaría en una rica cultura lésbica en Paris a finales del siglo XIX y que incluyó a figuras como Renée Vivien, Natalie Barney y Colette. El tema de la androginia y del hermafroditismo parece también preocupar a los escritores: aparece en Sarrasine, de Balzac. La literatura sobre la homosexualidad masculina es menos importante. Aunque tanto Verlaine como Arthur Rimbaud tienen poemas en los que es posible encontrar un homoerotismo más o menos explícito, son menos los autores canónicos, que se decidieron a tratar del tema. Cuando lo hicieron (como Balzac en el personaje de Vautrin de La comedia humana), de nuevo recurrieron al cliché de lo marginal, de la degeneración. Por lo demás, no hay otros escritores canónicos cuya homosexualidad esté bien documentada, aunque cabe mencionar ciertas cartas de Gustave de Flaubert en las que se refiere a sus experiencias homoeróticas en Oriente, y

los diarios de los hermanos Goncourt, una de las cúspides del cotilleo decimonónico, en los que abundan las insinuaciones sobre figuras del mundillo literario parisino como Maupassant, Gautier o Barbey D'Aurevilly. Sólo a fines de siglo se impone el decadentismo y el homosexual se convierte en una figura importante. En la obra del conde de Lautréamont y de Joris-Karl Huysmans, lo homoerótico aparece por fin de manera recurrente. La figura del dandi es una de las más importantes creaciones de identidad homosexual que aparecen en el siglo XIX y todavía en nuestros días es adoptada por literatos y hombres de mundo, a veces despojándola de su historia. Los albores del siglo XX conocen la primera literatura ensayística sobre la homosexualidad, tanto desde el punto de vista de la patologización como de la apología. El Corydon, de Gide, es un ejemplo de lo segundo, como también lo son los importantes escritos de André Raffalovich y Arnold Aletrino. en el siglo XX, Francia cuenta con una importante tradición homosexual (la primera revista homosexual, Inversions, aparece en 1924), pero también encontramos intentos de recriminalización. Es cierto que durante la primera mitad de siglo Francia era una país donde un homosexual (secreto), Gaston Doumergue, llegó a presidente de la República, donde se estrenaron obras pioneras como La Prisionera, de Bourdet, donde había salones literarios en los que la homosexualidad era casi una moda y un clima de tolerancia que atrajo a exiliados estadounidenses como Gertrude Stein, Djuna Barnes, James Baldwin o Josephine Baker. Pero la Francia profunda no veía con buenos ojos las excesiva visibilidad homosexual que se dio durante los años veinte, y ya en 1930 encontramos evidencia de un movimiento conservador que adoptará medidas cuyos efectos se dejarán notar durante los próximos cincuenta años. El Code de la Famille de este mismo año es el primer paso para una recriminalización de la homosexualidad, que se confirmaría con el régimen de Vichy y a la que sólo pondría fin François Mitterrand en 1982. Durante la posguerra aparecen publicaciones (Arcadie) homófilas, pero sólo el ímpetu del 68 y los movimientos de carácter radical como el FHAR, en el que participó Guy Hocquen-ghem, consiguen situar la reivindicación homosexual de nuevo en la agenda política. En este sentido, la contribución de Jean Paul Sartre resultó de la mayor importancia. Sin embargo, la legislación represiva no hizo desaparecer la visibilidad homosexual (como sí sucedió en España). Además de los escritores canónicos mencionados, habría que hablar de otros de igual importancia como Renée Crevel, Jean Cocteau, Hélène de Monferrad, Simone de Beauvoir, Roger Peyrefitte, Violette Leduc, Jeanne Galzy (autora de Jeunes filles en serre chaude [1934] y la serie La surprise de vivre [1969-1976]), Eveline Mayhère (autora de la novela autobiográfica Je jure de m'éblouir, publicada en 1958, después de su suicidio), Julien Green, Hervé Guibert o Matthieu Lindon. en la actualidad, la cultura gay francesa atraviesa una buena época, tras el período de confusión que siguió a la aparición del sida. La falta de objetivos claros tras la "normalización" de 1982 contribuyó a que el movimiento gay bajase la guardia, algo de lo que tendría ocasión de arrepentirse cuando en 1991 se introdujeron leyes que recortaban las libertades de los gays, en un momento en que el número de casos de sida empezaba a resultar preocupante. Desde entonces se volvió a una mayor visibilidad y a una actitud combativa, que han conducido a una situación más positiva. Pero el problema sigue siendo la negativa de intelectuales y famosos a tratar del tema públicamente. La falta de apoyos institucionales y mediáticos crea una situación de incertidumbre que hace a los gays vulnerables a los ataques de los retrógrados. Con todo, hay que decir que un periódico como Libération se ha convertido en una publicación abanderada de los derechos gays, especialmente desde la sección de arte y cultura: el conocimiento y comprensión que muestran los colaboradores es admirable y no tiene parangón en la prensa europea. Para una historia de los homosexuales franceses desde 1948 hasta finales del siglo véase Le rose et le noir, de Fréderic Martel.

Desde el siglo XVIII (pese a las leyes vigentes) hasta la actualidad, los jardines del antiguo palacio de las Tuileries (hoy inexistente) siguen siendo un  lugar de intercambio entre homosexuales. Antiguamente como se trataba de una propiedad real, los homosexuales elegantes acudían a los jardines sin temor de la policía, ya que ésta tenía prohibida la entrada. La policía se las arreglaba para atraerlos fuera de los jardines mediante "moscas", que no eran más que bellos hombres jóvenes reclutados por la policía al efecto de hacerles "picar" y apresarlos. El lugar no puede ser más céntrico: Junto al Louvre en pleno centro de París.


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