LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES

GAY

La identidad gay permite la expresión política de la homosexualidad. Esto tiene efectos positivos y negativos. "Gay" es la homosexualidad en primera persona; una manera de convertir la diferencia en objeto, observarla y activarla. El origen de la palabra gay con el significado de homosexualidad no está del todo claro. Hay teorías que encuentran el origen de este uso en la lengua provenzal, con una evolución en la que siempre ha habido connotaciones que remitían a lo sexual. Curiosamente en Catalunya, España, existe el apellido "Gay", por ejemplo el director catalán Cesc Gay, autor entre otras de películas como Krámpack (2000). Pero el sentido que tiene en su uso actual proviene sin duda del inglés. En estados Unidos y en Gran Bretaña empieza a utilizarse como expresión de argot a finales del siglo XIX, aunque la primera evidencia de que se trataba de una expresión que había pasado al lenguaje popular se encuentra, según  algunos especialistas, en la canción de Cole Porter "Farming" (1941), en la que un toro se define como "muy impresionante, pero gay". Sin embargo, es fácil encontrar ejemplos más tempranos y casi tan claros. Evidentemente, el término había sido utilizado por autores que intentaban codificar significados homosexuales en sus textos. Gertrude Stein lo utiliza hasta la saciedad en su historia de 1922 Miss Furr & Miss Skeene, en la que constituye la clave de la historia. A partir de los años treinta se convierte en el término que los homosexuales utilizan con más frecuencia para referirse a sí mismos. Además, de manera menos oscura, en 1939 aparece en la película La fiera de mi niña, de Howard Hawks, en un contexto que casi ni deja lugar a dudas: el personaje interpretado por Cary Grant se ve obligado a ponerse una estrafalaria negligé y es sorprendido por la autoritaria tía Elizabeth; cuando ésta le pregunta porqué va vestido así, su respuesta es: "¡Porque de repente me he vuelto gay! (por supuesto la versión doblada perdía el chiste). Por si quedaban dudas, Grant pasaba a hacer una referencia a cierta parada de autobús de la zona de Times Square (Nueva York), conocida como un lugar de ligue para homosexuales. Para finales de los años treinta se había firmado el acta de defunción de una "inocencia" semántica en lo que los conservadores denominaban "una palabra la mar de bonita echada a perder". La generalización de este significado no puede considerarse meramente como un problema lingüístico: se trata de un significante que aparece cuando un nuevo tipo de identidad sexual, basada en una subcultura, empieza a cobrar fuerza, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial. Antes había, allí como aquí, maricones, maricas, mariquitas, sarasas y tipos de la acera de enfrente. Con gay asistimos a un cambio de perspectiva. Para muchos fue un triunfo, para otros no fue motivo de celebración (ya que el nuevo término creaba su propio modelo de identidad, un nuevo sistema de presión para que los homosexuales salieran del armario; y no todos quieren hacer política de su identidad sexual). Su uso puede verse como parte de una estrategia de apropiación, secreta al principio, que culminó en los disturbios de Stonewall. Ni el uso de la palabra ni, por supuesto, la nueva identidad aparecieron de repente: en ambos casos había identidades larvadas que sólo necesitaban un empujón para salir a la vida pública. La identidad gay se convierte así en símbolo de esta nueva manera de ser homosexual, en significante que se refiere a la salida del armario en tanto que comunidad a partir de la afirmación de la homosexualidad de cada individuo. Desde este momento, gay y homosexual se utilizan en gran medida como términos equivalentes. En un texto clave como Epistemología del armario, Eve Kosofsky Sedwick reafirma esta equivalencia y explica su preferencia por gay frente a homosexual, pues esta última representa una historia opresiva a la que hay que enfrentarse y de la que hay que desentenderse como algo que nos define. Homosexual es la denominación que nos dieron nuestros opresores, mientras que gay es una palabra con la que muchos homosexuales, sobre todo hombres, pero también mujeres, se sienten cómodos; es una palabra que han activado (que han hecho suya) y han cargado de un significado positivo. Por ello se impone una utilización retroactiva para denominar todo intento de expresar y articular una identidad. Aún admitiendo las razones de Sedgwick, no se puede abandonar la idea de que, con todo rigor, gay es un término anacrónico antes de los años treinta, e incluso después se ha utilizado generalmente asociado a cierto tipo de identidad homosexual, consciente y orgullosa, que aunque históricamente constituya un hito en nuestra tradición, no podemos proponerla como la única. Utilizar gay con el sentido de "una de las (posibles) identidades homosexuales contemporáneas" nos lleva, qué duda cabe, a limitar su alcance, pero también a situar la palabra con más firmeza en un contexto histórico que permite un avance hacia nuevos modelos; además, permite ser crítico con un tipo de identidad urbana que, a pesar de sus logros, o quizá precisamente por ellos, ha tratado de presentarse como un absoluto hasta convertirse a su vez en fuente de opresión para otros hombres, y especialmente otras mujeres, cuya orientación sexual sí se ve representada pero que no entran en un modo de vida demasiado ligado a la supuesta benevolencia de las estructuras de la sociedad. De hecho a finales de los ochenta, quizá demasiado tarde para que Sedgwick tomase nota del cambio, el término gay evolucionó hacia posiciones integracionistas, lo cual forzó a quienes no se veían representados por esta tendencia a buscar nuevos modos de autocalificarse (como queer y antigay), que no son más que estrategias que tratan de corregir el anquilosamiento a que el movimiento parece verse abocado después de los difíciles ochenta, en los que el sida y la homofobia socavaron la moral y las filas de homosexuales. En último término hay que decir que la etiqueta de gay sigue siendo una de las tarjetas de presentación más aceptables socialmente que han producido los homosexuales de cualquier época. Dejando de lado lo que podamos pensar del integracionismo, lo cierto es que la identidad gay es la mejor manera de conseguir la igualdad, y sería una tontería no utilizarla por problemas de definición. La palabra gay puede convertirse en un término consensuado que se utilice como referencia para movimientos literarios o intelectuales; una vez se acepte plenamente en todas partes, será el momento de descartarla y buscar modos más radicales (y flexibles) de autoidentificación. En España, la palabra gay llega sin una carga histórica demasiado compleja y como sinónimo desproblematizado de homosexual, término que suena un poco a especie zoológica. Tenemos el ligero escollo de la ortografía: los celosos guardianes del lenguaje, al que hay que mantener libre de extranjerismos, prefieren escribir gai. Se trata de una ortografía que sólo tiene un auténtico sentido etimológico en Galicia y en Cataluña, pero incluso en estos casos la adaptación es problemática desde el punto de vista político. en cuanto al resto de la Península, tan erróneo es importar un término fielmente como importarlo cambiando una letra: la apropiación no se produce de manera tan sencilla. Sería otro cantar si hubiera aparecido una alternativa autóctona que representase la historia y los intereses de los homosexuales hispanos. Pero al importar la palabra se importa también un concepto, y una i no conseguirá  ocultar el hecho de que, durante demasiados años, nos ha faltado una construcción activa de las identidades homosexuales en términos discursivos. Quizá la solución esté en un uso más generalizado de nuestro entiende. El uso continuado de esta expresión llegaría a constituir un equivalente ideal con sentido en nuestro país, tal que la traducción exacta de inglés she/he is gay sería, simplemente entiende. Pero dado que la experiencia muestra que es casi imposible para los gays españoles llegar a un acuerdo consensuado sobre cualquier tema, es posible que tengamos que conformarnos con la mera imitación, por cierto utilizada por medio mundo.

Pese a todo lo anterior conviene recordar que la palabra inglesa gay, sirve para definir "feliz" y "alegre". Hace bastantes años se definía a la homosexualidad como Gay World, (Mundo Alegre), o sea, ser homosexual era considerado como sinónimo de felicidad y alegría; la ironía queda de manifiesto. O sea, lo que en inglés servía para definir, no sin sorna, como una forma de ser feliz, alegre, sin preocupaciones ni obligaciones, así como definitorio de una vida alocada, se ha convertido en la definición del  homosexual. Hay un buen número de intelectuales que son contrarios a su uso para definir la homosexualidad, entre ellos el escritor Gore Vidal el cual en una entrevista manifestó su opinión sobre la denominación del homosexual como gay: "En mi vida he permitido que la palabra "gay" pasara por mis labios. No sé porqué la aborrezco". "Históricamente, en el siglo XVII, esa palabra se aplicaba a una chica ligera de cascos. Preguntaban: "¿Es una chica gay (alegre)?". lo cual realmente significaba: "¿Te la puedes tirar?". Yeso no creo que describa a nadie. Tan sólo es un taco. Pues bien , no creo que haga falta una palabra para eso. Hay que hacer evolucionar este asunto. Estas palabras habrán de desvanecerse en un verdadero ciclo hegeliano"


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