LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES

GRUPO BLOOMSBURY

Lytton Stratchey

El juicio y subsiguiente condena de Oscar Wilde hizo desaparecer prácticamente la visibilidad homosexual en el Reino Unido. La sentencia demostraba que las leyes no eran ninguna broma y que habría castigos duros para quien se atreviera a exhibir identidades sexuales no normativas. Quienes estaban a un paso de salir del armario, se lo pensaron y pasaron el cerrojo. En este contexto hay que situar la aparición del grupo literario de Bloomsbury. A pesar de los denodados esfuerzos que pueden hacer los ingleses por dejarse llevar por la sensualidad (para lo cual a menudo tienen que hacer las maletas y viajar al Mediterráneo), hay un misterioso factor cultural que siempre les impide aceptar el sexo como una realidad más o menos cotidiana. Los ingleses han de ser problemáticos con la delimitación y la práctica de identidades sexuales, y los miembros del grupo Bloomsbury eran ingleses hasta la médula.

Bloomsbury representa un nuevo principio después de Oscar Wilde, pero no sin limitaciones. Se trataba de un grupo de individuos excéntricos, casi todos de clase alta, entre cuyas obras apenas hay conexiones estilísticas pero cuyas vidas se entrecruzaron ad nauseam en una serie promiscua y combinatoria de romances y separaciones.  Bloomsbury puede verse como un grupo de individuos unidos por el cotilleo o, como algún crítico ha sugerido (de manera algo misógina), como un grupo de personas enamoradas del pintor Duncan Grant.

Entre los componentes del grupo estaban escritores como Lytton Stratchey, Virginia Woolf, Vita Sackville-West, E. M. Forster, el economista John Maynard Keynes y la pintora Leonora Carrington. Stratchey un homosexual de garras aceradas, presidía la situación con un sentido del humor cáustico. Es cierto que entre ellos crearon una especie de arcadia de tolerancia que contribuyó al desarrollo personal (y artístico) de Virginia Woolf y Forster. Pero su posesión de privilegio les permitía tratarlo todo como un juego sin tener que enfrentarse a las consecuencias sociales de su comportamiento. D. H. Lawrence, que, con todos sus problemas y bloqueos emocionales y sexuales (también era inglés), siempre se tomó los problemas sociales más en serio, lo resume en una frase: <<Lo único que hacen es hablar y hablar, pero de verdad, y nunca dicen nada bueno>>.

En fin, quizá no tengamos que esperar mucho para que alguien (¿quizá a la pareja homosexual Ishmail Merchant y James Ivory?) se le ocurra la brillante idea de rodar Bloomsbury: el culebrón, lo cual daría cierto sentido a la experiencia. Un intento fallido lo constituyó el film Carrington (1995), de Christopher Hampton, pero la deplorable falta de sentido del humor del guionista (en este caso) no hizo más que poner en evidencia la vanidad del proyecto.

Duncan Grant


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