LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES
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HOMOFOBIA
En general, por homofobia se entiende el rechazo hacia los homosexuales, mujeres y hombres, por el mero hecho de serlo. Se trata de un concepto útil porque ayuda a identificar la causa de las dificultades que encontramos tanto personalmente como desde el punto de vista de las estructuras e imágenes. Pero, además, desde los años sesenta del siglo XX, el término homofobia se ha convertido en un aliado de los gays, ya que califica como enfermizo el odio a la homosexualidad. Si una de las estrategias de la institución para marginar y desautorizar el discurso homosexual siempre ha sido decir que el homosexual es alguien con problemas, un enfermo mental o con alguna anomalía fisiológica, al calificar la intolerancia de homofobia estamos adoptando la misma actitud y devolviendo la pelota mediante la misma retórica que servía para acallarnos. Lo que esto significa es que desde nuestra posición se pueden dictar también las reglas del discurso, que es la posición del intolerante la que resulta problemática y tiene causas que hay que investigar y que no son lícitas. La homofobia se ha explicado de diversas maneras. Entre los hombres, se ha descrito como miedo a la homosexualidad que se manifiesta violentamente. Cuanto más se piensa, menos se entiende en términos racionales cual puede ser la amenaza que el homosexual presenta al varón heterosexual. Al contrario, desde el punto de vista de la "ley de la jungla" lo único que hace es reducir la competencia. Hay una teoría más extendida: la homofobia es más fuerte cuanto más vulnerable se siente el individuo al deseo homosexual. Es la única manera de explicar tales demostraciones de virilidad fuera de control. Después de todo, sólo tememos aquello que llevamos dentro o aquello que creemos que puede aniquilarnos. Dado que no hay nada en el homosexual que amenace físicamente al homófobo, debe tratarse de algo que el homófobo lleva dentro. El homófobo combina una escasa seguridad con respecto a su propia heterosexualidad con la fe irracional de que su identidad o concepción del mundo dependen de la misma. Cuando ve a alguien que ha roto ese equilibrio de fuerzas en favor de su propio deseo, teme que esto le pase a él. Esta explicación psicologista no puede aplicarse a todos los individuos, y en la batalla por el poder retórico ha sido apropiada de nuevo por la institución heterosexista: Eve Kosofsky Sedwick cuenta como un tribunal absolvió al culpable de un crimen de violencia aduciendo que la causa había sido la homofobia, que, por lo tanto, era incontrolable y que se trataba de un enfermo que no era responsable de sus actos. Y el individuo quedó libre. Por eso hay que tener cuidado con la patologización: sí, la homofobia es un desequilibrio mental, si se quiere, pero cuando se convierte en violencia debe ser punible. Debe apartarse al homófobo violento de un sistema social en el que evidentemente no puede vivir sin respetar al vecino. De lo contrario, estamos de nuevo ante la triste situación de jueces que condenan a las víctimas de violación por "andar provocando". Una segunda manera de entender la homofobia consiste en atribuirla a un proceso de autoafirmación simbólica: el homófobo necesita afirmarse frente al mundo; la mejor manera de conseguir la afirmación de un elemento es el rechazo del contrario; dado que la división homosexual/heterosexual es una división clara, que se presenta como totalizadora, se trata de una dicotomía conveniente para la afirmación de uno mismo. Evidentemente, esto depende de la falacia de que homosexualidad y heterosexualidad son dos conceptos que describen con precisión la naturaleza sexual de cada individuo y que son antitéticos. También depende de estructuras ideológicas que presentan la heterosexualidad como preferible; cuando alguien quiere rechazar un término para identificarse con otro, si se siente inseguro, intentará identificarse con el término de la oposición en el que vaya a encontrar más apoyo. El problema de la homofobia es que opera desde el prejuicio y la ignorancia, no desde la experiencia. El homófobo odia o teme al individuo homosexual no porque ese individuo le moleste, sino porque pertenece a esa categoría. De esta manera, el rechazo homofóbico crea el armario: el homosexual comprende al homófobo, pero éste prefiere no ver al homosexual para que no se le recuerde lo que trata de olvidar a toda costa; el homosexual borra su presencia para evitar enfrentarse a la agresiva neurosis del homófobo; quien menos comprende, quien menos sensatez muestra, acaba saliéndose con la suya (esto ha movido a algunos activistas gays a utilizar lo que llaman heterofobia, (una estrategia que, al contrario que la homofobia, no carece de justificación). El odio homofóbico precede a su objeto; por eso nunca debe ser tolerado ni justificado. En ambas explicaciones tratamos de ver el problema como algo puntual e individual que degenera en agresión. El problema es que ambos tipos de estructuras producen una especie de homofobia susurrada que no se manifiesta a gritos pero que está en todas partes; una homofobia que consiste en el silencio, en la creencia de que el heterosexual puede dar por sentado que todo el mundo lo es, en desechar al homosexual, por intolerancia, por sadismo, por estupidez. Uno de los problemas del término es que a través de su significado etimológico, atribuye el rechazo de los homosexuales al odio o al miedo, cuando quizá haya otras razones; por ejemplo, la defensa del territorio. Así desde la teoría queer se ha querido echar leña al fuego al sugerir que la homofobia es sólo una postura de fuerza que nada tiene que ver con problemas psicológicos, sólo con quien tiene poder. Según los partidarios de esta teoría, la homofobia está justificada como defensa de un modo de vida: es cierto que gays y lesbianas amenazan el orden tranquilo en que viven los heterosexuales, socavando sus fundamentos, impidiéndoles que los perciban como absolutos, obligándoles a cuestionarse sus convenciones. Si es así, la homofobia es un modo de defensa que utiliza estrategias anti-retóricas. En lugar de discutir el tema, utiliza el privilegio de la costumbre para decir "no" y tratar de desautorizar cualquier intento de debate. Y eso es hacer trampa. Por último, hay que hacer una breve reflexión sobre el supuesto abuso que se hace del término homofobia desde su introducción en el lenguaje cotidiano. Es cierto que los activistas y los gays politizados tienden a llamar homofobia a cualquier error, a cualquier descuido lingüístico, a cualquier discriminación que sufra un homosexual incluso en los casos en que no está relacionada con su identidad sexual. Esto contribuye a difuminar el sentido original del término: evidentemente, si "todo" es homofobia, ésta pierde especifidad. No obstante, hay que recordar que en fases de transición y de lucha política cabe admitir un uso "estratégico" de ciertas expresiones, lo que contribuye a poner el tema sobre la mesa tan a menudo como sea posible, a buscar el enfrentamiento. En sentido riguroso, el término está mal empleado. Sin embargo, en sentido estratégico, se trata de un uso legítimo. Todo consiste en no dejarse llevar por la trampa del lenguaje y confundir ambos: evidentemente no "todo" es homofobia, y en ocasiones, más que "odio a la homosexualidad" se trata de ignorancia o inconsciencia. |