LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES
|
ITALIA
Italia tiene una posición muy peculiar en la cultura homosexual. Es (junto con Grecia) el país europeo que figura más frecuentemente en la literatura de autores gays procedentes de países del norte (Francia, Gran Bretaña, Países Bajos, Alemania, pero también Estados Unidos). Italia, especialmente el sur del país, es, podría decirse, un estado de la mente, el lugar ideal donde se da rienda suelta a los deseos que los escritores debían mantener ocultos en su país de origen. El sol y el Mediterráneo son el telón de fondo para las aventuras con muchachos de sexualidad flexible, tostados por el sol, alegres y desinhibidos. Algunos autores llegaron a hacer del sur de Italia su país de adopción y, al parecer, llegaron a hacer realidad su sueño. Sí los muchachos cedieron; sí pudieron abandonarse a una sensualidad que resultaba imposible en casa. Para E. M. Forster, Henry James, el barón Von Gloeden y Norman Douglas, por ejemplo, Italia cumple la promesa de su leyenda y el mito se convierte en realidad. Ahora bien, por otra parte, se trata de uno de los países con una cultura homosexual menos articulada. No se habla de homosexualidad, y en el caso de las relaciones lésbicas nos hallamos ante un delicado tabú incluso hoy en día. En Roma y en otras ciudades del sur de la península, famosas por la aparente facilidad con que se establecen contactos homosexuales, apenas existe una cultura gay visible. Los homosexuales, se ven condenados a la oscuridad, y el silencio se traduce en una fuerte homofobia implícita. Hay pocos autores italianos canónicos en los que se haya estudiado a fondo la relación entre identidad sexual y escritura, y a pesar de alguna excepción (Pier Paolo Pasolini, Sandro Penna), la homosexualidad no recibe la atención que encontramos en Francia o Gran Bretaña. La historia de la expresión homosexual en los territorios que en el siglo XIX se convertirán en Italia no es pródiga en nombres, textos o acontecimientos. En primer lugar, hay que mencionar la ruptura total entre los hábitos sexuales de la antigua Roma y los que se impusieron el la Italia medieval tras siglos de invasiones. Cuando en el siglo XIII se trata de establecer el vínculo con la tradición, uno de los elementos que se retoman es el código de Justiniano, que condenaba a los sodomitas a la hoguera: es la primera manifestación de la reacción antihomosexual que se prolonga hasta el Renacimiento. Durante el período medieval encontramos algún poema homoerótico (O admirabile veneris, de un clérigo del siglo IX ) y tratados en que la sodomía se condena sin ambigüedades (Liber Gomorrhianus, de San Pedro Damián (siglo XI). Durante el siglo XIII encontramos manifestaciones de homoerotismo (todavía poco investigadas) en la obra de Brunetto Latini, Rustico de Filippo y Guido Cavalcanti. El siguiente eslabón en la historia de la representación homosexual es la Divina Comedia de Dante. Mientras que los sodomitas aparecen condenados al séptimo círculo del Infierno entre los pecadores que más ofenden a Dios (cantos 15 y 16), en el purgatorio parece que cambia el punto de vista del autor. el canto 16 presenta la sodomía simplemente como una manifestación de lujuria, el menos grave de los siete pecados capitales. Incluso en las referencias del Infierno encontramos cierta anomalía: Dante condena el pecado, pero estima personalmente a los pecadores (su encuentro con el mencionado Brunetto Latini resulta conmovedor). Poco después ya de lleno en el siglo XIV, el sodomita se convierte en una figura cómica que aparece en las narraciones de Bocaccio y Bandello. Es sólo con la llegada del Renacimiento que empezamos a encontrar una clara perspectiva homosexual en la literatura y el arte italianos. Una figura clave para mostrar la articulación de la homosexualidad masculina en el período es el filósofo Marsilio Ficinio (1433-1499). Traductor e intérprete de Platón, inicia la moda del neoplatonismo, marco en que se expresa el discurso homosexual de la época. Ficinio es uno de los primeros apologistas del "amor socrático". Alunos de los grandes creadores del Renacimiento italiano, como Miguel Ángel, Caravaggio o Leonarde da Vinci reflejan en su obra (de manera más o menos directa) su fascinación por el efebo masculino. Otras figuras de menor prestigio como el pintor Giovanni Bazzi (apodado el Sodoma), o el poeta Angelo Poliziano (1454-1494) parecen haber disfrutado sin complejos del amor de los muchachos. Florencia y Roma fueron centros importantes de cultura homosexual durante este período y así eran reconocidos en el extranjero. Los papas renacentistas tenían una vida sexual variada, y un buen número de políticos y personalidades relevantes siguieron tan legítimo ejemplo. Posiblemente la influencia clásica tuviera que ver con esta presencia de la homosexualidad. El caso es que en trabajos literarios como La Vita, autobiografía de Benvenuto Cellini, se nos muestran lo extendidas que estaban las prácticas pederásticas en todos los estratos de la sociedad de estas ciudades italianas. Una bisexualidad relajada y promiscua parece haber sido la norma entre intelectuales y artistas, como muestra el caso de Pietro Aretino. Pero hacia finales del siglo XVI se origina una ola de conservadurismo, asociado a la mentalidad paranoica de la Contra-Reforma que acabará con esta "época dorada". Hay pocas manifestaciones de homosexualidad entre los primeros años del siglo XVII y principios del XX. Está claro que en cuanto práctica no puede haber desaparecido, pero su expresión cultural sólo se produce en contadas ocasiones. Durante la Ilustración encontramos textos en los que se defiende una descriminalización de la sodomía (todavía condenada a muerte), como sucede el Dei delitti e delle pene (1764), del jurista Cessare Beccaria, y esto no puede haber sido una manifestación aislada: cabe pensar que se trataba de la punta del iceberg y que había cierto debate al respecto en la época. Sólo en la figura de Alfieri (1749-1803), poeta y dramaturgo, encontramos material para hablar de cultura homosexual. En el siglo XIX hay prácticamente un vacío, aunque cabe señalar que es el momento en que Italia empieza a adquirir un valor especial como destino del incipiente "turismo gay" europeo. Quizá ambos aspectos estén relacionados. De nuevo sería importante saber qué pensaban los ciudadanos de los estados que pronto se unificarían en uno sólo de la reputación que estaba adquiriendo su país. La llegada del siglo XX no trae consigo el resurgimiento de la reflexión sobre el homoerotismo y el auge de la cultura homosexual que se conoce en otros países, incluido España. La trilogía compuesta por Pier Paolo Pasolini, Umberto Saba y Sandro Penna es todo lo que encontramos en lo que respecta a la representación explícita de voces homosexuales hasta la aparición de autores como Aldo Busi y Pier Vittorio Tondelli. Fuera del ámbito literario es necesario citar a directores de cine como Luchino Visconti y Franco Zeffirelli o dramaturgos como Giuseppe Patroni Griffi y Giovanni Testori. En los últimos tiempos surge un nuevo grupo de autores que merece atención: Dario Trento, Giancarlo Rossi, Stefano Moretti y Corrado Levi, por ejemplo. Sólo recientemente se ha empezado a hablar de la articulación de un discurso homosexual en la obra de autores importantes como Giacomo Leopardi (1798-1837), Luigi Settembrino y Carlo Emilio Gadda. Poco se ha hecho en el estudio de estas voces para descubrir cómo su orientación sexual se expresa en el texto. Al parecer, como sucede en España, los estudiosos, universitarios e intelectuales tienen miedo de enfrentarse con el tema. Dado que falta el esfuerzo por sacar a algunos de estos autores del armario, siguen siendo importantes las imágenes de los homosexuales que crean los autores heterosexuales. En algunos casos, especialmente en lo que respecta a la aparición del lesbianismo, se trata de imágenes muy negativas. Entre los autores que se sirven de la lesbiana para transmitir un sentimiento de decadencia y nihilismo se encuentra Cesare Pavese en Tres mujeres solas (1949) y El bello verano (1940). Por su parte Vasco Pratolini, en Crónica de los pobres amantes (1947), utiliza una calle de Florencia como microcosmos del régimen fascista; oculta en una habitación, controlando los destinos de todos, se halla la repugnante e inválida Signora, una mala mujer que tiene tendencias lésbicas. En esta novela la lesbiana representa lo peor del fascismo italiano. Mientras tanto, escritoras cuyo lesbianismo es conocido, como Sibilla Aleramo (1876-1960) o Dacia Marini, han explorado el tema con profundidad en sus escritos. De modo similar, la escritora Natalia Ginzburg utiliza al homosexual como símbolo de la cruel indiferencia que la sociedad muestra a las mujeres y de la esterilidad de las relaciones humanas en novelas como Valentino (1957) y Caro Michele (1973). En otros casos como Los lentes de oro (1958), de Giorgio Bassani, el homosexual representa al oprimido, víctima del fascismo cotidiano y de la intolerancia del "ciudadano medio". Por último, cabe citar la novela italiana de más éxito de todos los tiempos, El nombre de la Rosa de Umberto Eco, la clave de cuya intriga está en las relaciones de afecto entre los monjes de un monasterio y en la que el personaje del inquisidor trata de utilizar un discurso homofóbico para imponer su propio orden. Además la relación entre William de Baskerville y Adso contiene elementos claros que sugieren el modelo pederástico en el que el joven novicio aprende de un adulto. No vamos a olvidar citar a Carlo Coccioli, gran escritor italiano nacido en Livorno aunque desde hace más de treinta años residente en México, ni a su novela Fabrizio Lupo. Las contradicciones que percibimos en la articulación y representación de la experiencia homosexual en Italia pueden deberse a las propias diferencias sociales dentro del país. Parece haberse llegado a una especie de acuerdo según el cual no se toman medidas represivas siempre y cuando no se exija un cambio en las estructuras (hay un débil movimiento gay que data de 1971): la invisibilidad se equipara con la libertad de hacer lo que uno quiera. Constituye un modelo discutible desde una perspectiva gay, pero quizá tenga elementos que ofrecer a países en los que este modelo se ha convertido en la única alternativa. Es difícil saber qué crea más felicidad, por ejemplo, si se sentía más liberado un homosexual británico, oprimido hasta hace muy poco por la ley y siempre en el punto de mira de la sociedad, o un homosexual italiano, que puede hacer lo que le parezca mientras nadie se entere y que en último término puede llegar a casarse y formar una familia. De lo que no cabe duda es de que en los países meridionales son las lesbianas quienes se llevan la peor parte. Vuelve a plantearse la duda: un homosexual tipo, ¿Se lo pasa mejor, sexualmente hablando, relacionándose con quién quiera, a escondidas o en ciertos lugares de reunión, a cualquier hora del día con tan sólo mantener la discreción?, o ¿Le va mejor a un gay en un país abierto en que no es preciso disimular pero que para conseguir una relación sexual es preciso ir a bares, discotecas, cuartos oscuros, etc., previo pago, a altas horas de la noche o de la madrugada, y con garantía de como mínimo acabar borracho? ¡Ah! Y sin la menor garantía de conseguir un desahogo... ya que cada vez es más difícil que alguien sin musculitos o, sin modelitos o, con más edad de la aceptable (cada vez más baja), merezca la menor posibilidad. |
|
| Estadisticas Gratis |