LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES

JAPÓN

Si bien las relaciones homosexuales son frecuentes en ciertos ámbitos de la sociedad japonesa hasta 1868, hay que ser extremadamente cautos al hablar de "tradición" homosexual en Japón. Es necesario, por ejemplo, tener en cuenta la especificidad de las cultura japonesa.

La división en tres períodos ha resultado útil a los especialistas: entre el siglo V y el siglo XVII (período Heian) se conforma una cultura aristocrática a partir de elementos de la cultura china; en 1600 se inicia un período de aislamiento voluntario (período Edo), que termina en 1868, cuando Japón cede a las presiones internacionales para la integración política, económica y militar en las estructuras occidentales. Por supuesto, las transiciones no son bruscas, así que cada estrato ha dejado su huella indeleble en la cultura japonesa contemporánea.

Hasta el siglo X apenas hay una tradición autóctona escrita y la élite intelectual adopta como propia la tradición china. Un grupo de mujeres en la corte, influidas por el pensamiento budista pero no por los modos literarios chinos, crean una tradición sincrética vernácula. ya en esta época podemos observar narrativas en las que se apuntan elementos homoeróticos. El gran clásico de la literatura japonesa del siglo XI, La historia de Genji, de la dama Murasaki Shikibu, no presenta relaciones homosexuales, pero erotiza las relaciones de amistad entre hombres a través de la competencia sexual. Por otra parte, uno de los personajes, Kaoru, el hijo del protagonista Genji, se presenta como un muchacho introvertido a quien lo le interesan las mujeres y que termina en un monasterio budista al cuidado de un monje al que ama con gran afecto y cuya muerte le deja destrozado.

Al final del período Heian aparece una obra titulada Torikaebaya monogatari. que, de modo similar al teatro de Shakespeare, introduce un juego con las distinciones entre género y sexo, enmarcado en la filosofía budista: los protagonistas son dos hermanos, un muchacho y una muchacha; el primero crece haciéndose pasar por una mujer en la corte, la segunda se hace pasar por hombre, se casa, y es descubierta cuando su "esposa" le es infiel con otro hombre, que a su vez se había enamorado de la muchacha a la que había tomado por un muchacho. Estas dos obras dan una idea aproximada del tratamiento de la homosexualidad en la literatura vernácula: no existe un concepto de "identidades homosexuales", ni para condenar ni para ensalzar.

El fin de la centralización y la diseminación de estructuras de poder entre diversas provincias gobernadas por reyezuelos (o shogunes), fuertemente militarizadas y en  constante conflicto entre sí, da lugar a una diáspora de la literatura cortesana. Los guerreros la necesitaban como marca de legitimidad. El período de aislamiento produce también una mayor representación de la homosexualidad. A lo largo de este período de doscientos años hay al menos tres ámbitos en los que ésta aparece de una manera sistemática y poco problemática: los monasterios, las sociedades de samuráis y las comunidades teatrales Noh. Puede decirse que se trata de ámbitos en que la homosexualidad es convencional, y quizá no sea casual que sean grupos similarees a los que tradicionalmente desarrollan importantes subculturas homosexuales en Occidente (el clero, el ejército y el teatro). La homosexualidad entre los monjes budistas fue señalada a modo de reproche por el misionero español San Francisco Javier en el siglo XVI.

Las Chigo Monogatari ("Historias de monaguillos") presentan relatos en que los sentimientos homoeróticos de los monjes se contextualizan en términos budistas.

Sobre el homoerotismo entre los samuráis se ha publicado en España Historias de amor entre samuráis, de Saikaku Ihara, un autor del siglo XVII. Se trata de un libro escrito no por un samurái, sino por el miembro de una familia de mercaderes: la aparición de algo similar a una burguesía traerá traerla consigo la elaboración de formas culturales tradicionales para el consumo de la nueva clase. Las relaciones homoeróticas altamente ritualizadas en el contexto de esta cultura paramilitar se asemejan al modelo pederástico griego asociado a la cultura militar de Esparta: no son relaciones meramente sexuales, sino que hay un elemento de educación y de transmisión de experiencia entre el adulto y el joven; hay códigos de honor que ensalzan la muerte por el compañero.

Por último, las compañías exclusivamente masculinas que representaban las obras Noh han dado lugar a una extensa literatura. Quizá el ejemplo más accesible para los lectores hispanos sea el relato Onmagata, de Mishima Yukio. En los casos mencionados, el amado es un joven que se convierte en parangón de virtudes masculinas. La palabra utilizada para hablar de este tipo de relaciones es shudo , traducible por "el camino de la amistad", y hace referencia al afecto en las relaciones pederásticas. De nuevo en ninguno de los casos hay una visión patológica o marginal de la homosexualidad (el historiador Gary Leupp habla de una relajada bisexualidad en las culturas urbanas), aunque es verdad que en todos ellos se describen ambientes que son, en sí, marginales; los autores distinguen entre meros "conocedores de muchachos" (o bisexuales) y "hombres que odian a las mujeres" (homosexuales exclusivos).

La apertura del Japón a Occidente precisamente introducirá en la cultura japonesa el sentido de culpa por la homosexualidad: así, el sexo anal estuvo criminalizado durante un breve período entre 1874 y 1882. No obstante, algunos intelectuales recordaban otros tiempos, no muy lejanos, en que ni siquiera se discutía la homosexualidad como tema: La nostalgia por el pasado se relaciona con el deseo homosexual. Es aquí donde el conservadurismo acérrimo se da la mano con la representación de la homosexualidad, algo que sucede por ejemplo en la obra de Mishima.

El largo camino hacia el internacionalismo no se hace sin sacrificios. Es una transición dura en la que es difícil combinar la cultura vernácula con el nuevo mundo capitalista, un proceso que recibe su expresión más brillante en el cine de Ozu. A pesar de que aparecerán todavía obras casi elegíacas que miran con añoranza un mundo perdido, el principio del siglo XX ve el establecimiento de una nueva sociedad que en ocasiones se avergüenza de su pasado. las discrepancias entre ambos modelos en el tratamiento de la homosexualidad se encuentran presentes en el libro de Soseki Natsume Kokoro (1914), en el que un profesor revela a su alumno sus sentimientos amorosos por otro hombre. Akiko Yosano y Yuriko Miyamoto son dos autoras que discuten de manera similar su lesbianismo.

Con la excepción de la obra de Mishima, la homosexualidad vuelve a entrar en la literatura japonesa a través de la influencia de Occidente.

Las primeras asociaciones gays, de hombres y mujeres, aparecen a mediados de los años ochenta. Tokyo se ha convertido en uno de los centros gays más importantes de Asia, y una  nueva generación de escritores hablan de la experiencia homosexual en el Japón contemporáneo, aunque la homosexualidad está lejos de ser algo socialmente aceptado. Hiruma habla del submundo de la prostitución, mientras que en la obra de Koji Nishino encontramos un tratamiento positivo de la homosexualidad en los tiempos del sida.

La sociedad japonesa está todavía imbuida de un fuerte conservadurismo atemperado por culturas urbanas agresivamente innovadoras. La ley japonesa no distingue entre homosexualidad y heterosexualidad, pero es bastante puritana en el tratamiento del sexo; son típicos de las imágenes impresas en Japón, el cubrimiento o la difuminación de las partes sexuales tanto de hombres como de mujeres.

En el arte gay contemporáneo japonés hay un número importante de artistas que han creado unos estilos de representación de las relaciones sexuales entre hombres en las que predomina el sadismo y el goce a partes más o menos iguales. Japón cuenta con unos autores espléndidos, como por ejemplo: Ben Kimura, Gengoroh Tagame, Goh Hirano, Goh Mishima, Ryuji, Sadao Hasegawa, Sanshi Funayama y muchos más...


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