LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES

MARICÓN

La palabra maricón, y derivados como marica o mariquita, tenía hasta hace muy poco un significado exclusivamente negativo, aunque no necesariamente asociado a la homosexualidad. La función del vocablo desde su creación es la de funcionar como insulto, señalando con el dedo y pretendiendo marginar a aquellos a quienes va dirigida. La palabra es, pues, dejando de lado su valor referencial, intrínsecamente insultante.

La palabra deriva de María, nombre femenino arquetípico y connota así la inversión (más que la perversión) que se produce en el homosexual. Así pues, maricón no alude, en principio, a un tipo de deseo ni de prácticas; en realidad significa poco, aparte de un borroso adjetivo hiriente.

El uso de esta palabra ya aparece en escritos del año 1517 y, en el Siglo de Oro, significaba tanto "homosexual pasivo", "homosexual afeminado" como "prostituta". Las palabras son tramposas y a veces juegan al doble sentido.

Mientras que muchos podían admitir ser maricones, en el sentido de sentirse atraídos por otros hombres o gozar de relaciones sexuales con ellos, cuando la etiqueta venía de afuera, siempre guardaba una intencionalidad negativa: el insulto se lanza desde una situación de poder que refuerza la distancia entre un nosotros normal, institucional, y un degenerado, abyecto.  Ha sido necesaria la construcción de una identidad homosexual capaz de decir yo para borrar los elementos negativos asociados al término. Así, al afirmarse como maricón, el homosexual no sólo está hablando de lo que hace o deja de hacer, de lo que desea o deja de desear, sino que dice, sobre todo,  que no le importa el sistema ideológico heterosexista que insiste en hacer de la homosexualidad una forma de ser absolutamente diferenciada; afirmarse maricón se convierte en un acto político. En realidad, las pioneras en este sentido son las locas y los travestis, para quienes la palabra maricón es parte de la diferencia que intencionadamente subrayan con gestos, ropas y lenguaje. Dado que el lenguaje que emplean es a menudo paródico, su uso del término se encuadra en un sistema de cuestionamiento. Para que lo anterior suceda es preciso que exista una plataforma, una identidad gay desde la que enunciar el término desde una posición de fuerza.

El uso de este calificativo por parte del tipo de homosexuales indicados en el párrafo anterior, se convierte en una estrategia de apropiación, en provecho propio, de un término "ideologizado" negativamente.

Entre quienes no quieren identificarse con la posición del travesti o la loca afeminada, las cosas son algo más delicadas y las dificultades más patentes. Algunos sugerirían que, en realidad, asumir una palabra como identificadora de su personalidad, no elimina su carácter estigmatizador: nosotros podemos acostumbrarnos a asumirnos homosexuales, pero quienes emplean el término con intención hiriente no van a cambiar de opinión con tanta facilidad. Se produce con esto un problema de incomunicación que lleva a un impasse retórico. Así, el peligro de estar haciendo el juego a la homofobia institucionalizada reforzando sus prejuicios, siempre está presente.

 

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