LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES

MÉXICO

De entre los países de América Latina, es México, quizá debido a su proximidad a Estados Unidos, el que ha conseguido desarrollar una cultura gay más visible. Otros países como Brasil y Cuba presentan modelos de identidad más fluidos y vitales, y Argentina tiene una cultura homosexual literaria que ha sido poco estudiada y que, en consecuencia,  no se presenta como tradición continuada.

En México encontramos toda una generación de intelectuales que no sólo se identifican con el modelo gay, sino que escriben y reflexionan sobre las paradojas y limitaciones del mismo en la cultura latina. Esto no quiere decir  que en México los homosexuales no estén sometidos a las mismas presiones que en otros países de Latinoamérica; pero, por lo menos, la cultura homosexual mexicana tiene una voz en la que los individuos pueden verse reflejados.

La tradición homosexual está presente  en las culturas precolombinas. Al parecer, en la práctica, los aztecas seguían algo muy parecido al modelo mediterráneo en lo que respecta a la homosexualidad: era algo extendido pero rara vez se comentaba o se admitía. Además en ciertos rituales, el homoerotismo y los actos homosexuales tenían un gran protagonismo.

No debemos tomar al pie de la letra los comentarios de conquistadores, misioneros y otros cronistas españoles al respecto: no olvidemos que en la Península se decía que la homosexualidad había sido introducida por el Islam y que hay una tendencia constante a considerar la sodomía como algo propio del otro, del indígena, del extranjero. Del mismo modo, los aztecas se referían a pueblos cuyos días de gloria habían terminado en una retórica que recuerda poderosamente la que presenta la homosexualidad como signo de decadencia. Pero resulta innegable que por lo menos alguna de las descripciones tienen que haber sido ciertas. Entre otras cosas porque se establecen diferencias entre zonas (en el área en torno a la actual Veracruz, la homosexualidad parece haber tenido gran incidencia).

El sincretismo cultural que tuvo lugar en el México colonial favoreció que la homosexualidad indígena siguiera teniendo importancia. Quizá esta visibilidad que a los colonizadores y a la iglesia se les antojaba propia de bárbaros hizo que la Inquisición fuera especialmente opresiva. Ya el obispo Zumárraga declaró que la sodomía era un problema de la máxima seriedad, algo que parece confirmarse al estudiar documentos legales.

La purga de sodomitas que tuvo lugar en Ciudad de México entre 1656 y 1663 es probablemente sólo la punta del iceberg. Entre los castigos de incluían los latigazos, las galeras, la humillación pública y la pena de muerte en la hoguera.

Tras la llegada de la independencia en 1821, la beneficiosa influencia del Código Napoleón (introducido con la breve ocupación francesa entre 1862 y 1867) contribuye a facilitar las cosas. En las nuevas leyes hay una sincera declaración de que el gobierno no debe inmiscuirse en la vida privada de los individuos; la ley sólo debe preservar una ética mínima para la preservación de la sociedad. Pero es una idea ambigua, porque resulta difícil establecer qué se entiende por "mínimo" y hay gente para quien lo mínimo es demasiado.

Así, el homosexual sigue amenazado y cuando la visibilidad alcanza límites intolerables para quienes mandan siempre es posible descargar sobre él/ella el peso de la ley. Asi, el 20 de Noviembre de 1901 tuvo lugar una redada que hizo historia. En un baile de travestidos, la policía detuvo a cuarenta y dos hombres por ir vestidos de mujer. Uno de ellos fue puesto en libertad. Se dijo que porque era una mujer de verdad, pero el rumor siempre ha sido que se trataba de un familiar del presidente Porfirio Díaz; desde entonces "número 42", es decir, "el que se escapó", ha pasado a significar un homosexual pasivo y tapado.

Como castigo se humilló a estos cuarenta y un hombres y finalmente se les forzó a una larga temporada de disciplina militar. "41" es desde entonces, en expresión de Carlos Monsiváis, "la cifra del choteo", eufemismo para referirse a la homosexualidad.

Dos semanas después hubo otra redada en un club de lesbianas.

Tras la Revolución, 1901-1910, Ciudad de México se convierte en una gran urbe, y para cuando se completa el ciclo con los golpes contrarrevolucionarios a finales de los años veinte, existía una subcultura homosexual institucionalizada. Una de sus manifestaciones visibles se encuentra en el grupo poético "Los Contemporáneos", objeto de insultos por parte de la intelectualidad homófoba posrevolucionaria.

A pesar de la Depresión, los años treinta son un período de desarrollo cultural, y los locales gays (cines, baños, bares y otros lugares de ligue) se multiplican. La delimitación de identidades homosexuales sigue el paradigma activo/pasivo y la mayoría de los hombres que tienen relaciones sexuales con hombres son padres de familia. En el prólogo a la edición (en Memorias Mexicanas) de las memorias de Salvador Novo (La estatua de sal), Carlos Monsiváis detalla las consecuencias del machismo revolucionario sobre los homosexuales y da ejemplo del funcionamiento del armario en las altas esferas. Sin embargo se desarrolla una cultura codificada. Un área de investigación cultural sería la del mundo de la música, el bolero y la canción mexicana, que escondía un subtexto gay bajo el machismo más escandaloso. Chavela Vargas es una de las representantes de este tipo de cultura popular de cabaré que resultaba tolerante con las sexualidades heterodoxas. Es ésta una tradición continuada por el cantante Juan Gabriel, que si bien no está fuera del armario, empieza a dar muestras de atrevimiento al hablar del amor entre hombres y al hacer explícito el subtexto homoerótico de los temas que interpreta.

Poetas como Salvador Novo o Xavier Vilaurrutia se beneficiaron de estas circunstancias, y autores hispanos como Luis Cernuda o Juan Gil-Albert eligieron México durante parte de sus años en el exilio.

En 1959 se pone fin a este período de  "tolerancia dentro de un orden". Un asesinato en un local homosexual vuelve a poner el tema en el candelero, y la visibilidad produce indignación moral, siendo el detonante de numerosas campañas de represión responsables de la reputación que adquirió la policía de Ciudad de México por su brutalidad y homofobia. Quizá la dificultad de las circunstancias hizo que el centro gay de México fuera a partir de entonces Guadalajara.

En 1971 hay indicios de un movimiento gay que no llegó a despegar, quizá porque el sustrato cultural sobre el que se sustentan las prácticas homosexuales en México difiere de modo radical del modelo estadounidense. Sin embargo, por esta época ya escribían unos intelectuales gays que con inteligencia dejarían su huella en la cultura mexicana. Los nombres de Carlos Monsiváis, el cineasta Jaime Humberto Hermosillo y una brillante generación de la que forman parte Luis Zapata, José Joaquín Blanco y José Rafael Calva atestiguan la vitalidad de la cultura homosexual en este país.

Es cierto que el machismo es todavía una realidad a veces brutal y que, por otra parte, la influencia de la cultura estadounidense amenaza con borrar los signos positivos de especificidad e imponer un modelo homosexual que sólo puede sobrevivir si es ajeno a la cultura en la que existe. Triste paradoja.

En cuanto a la representación de lesbianas, México toma también la delantera a otras culturas de América Latina. La colección Cuentos Lésbicos, publicada en Barcelona en 1982, contiene una rara relación lésbica anónima que data de finales del siglo pasado. La primera lesbiana en la literatura mexicana aparece en Figura de paja (1964), de Juan García Ponce. Siguiendo las modas de la época, acaba suicidándose. La lesbiana de La muerte alquila un cuadro (1991), de Gabriela Rábago Palafox, en cambio, es una asesina despiadada poco atractiva para el lector. Otros textos en los últimos años han representado el deseo lésbico de manera más positiva, incluyendo narraciones autobiográficas (como Dos mujeres, de Sara Levi Calderón) y expresiones poéticas del deseo lésbico (como sucede en la colección de Silvia Tomasa Rivera Poemas al desconocido). El temblor del tiempo (1991) una relación de Elia Espinosa, es también de gran importancia para las lesbianas. En el panorama actual cabe destacar dos autoras notables que han integrado su identidad lésbica en su obra: Rosamaría Roffiel (autora de Amora) y Nancy Cárdenas.


SALIR                     EXIT