LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES

LA MORBOSIDAD - Turbias Pasiones

Claves psicológicas de nuestro impulso más enigmático

¿Qué es el morbo? ¿Estamos sobreexpuestos a su hechizo? La sexóloga y escritora Valérie Tasso reflexiona sobre la atracción humana hacia lo que debería quedar oculto. 

Se contaba de un sabio hindú que, paseando junto a algunos discípulos por la ribera del Ganges, se topó con el cadáver descuartizado de un perro. Sus seguidores reaccionaron de manera diversa ante esa visión: algunos intentaron apartar la vista para evitar el irresistible espanto que les producía; hubo quienes mantuvieron la mirada fija, como hipnotizados, fascinados por el macabro espectáculo; otros simularon que no se percataban, pero aceleraron el paso; y los demás mostraron explícitamente su sentimiento de asco. El sabio, sin síntomas de perturbación. se detuvo ante el cuerpo que exponía sus entrañas y, con una media sonrisa, exclamó: "¡Que dientes más blancos tiene!".

El sentimiento que experimentaron todos, maestro y acólitos, fue lo que llamamos morbo, mientras que el cadáver hacía la función de lo que en estética se califica como siniestro. Ya he dicho en alguna ocasión que las palabras no suelen ser inocentes. Llevan implícitas una historia, y una connotación en forma de juicio moral. Como sucede con los sonidos incorporan armónicos que les dan significado. Así, como hasta un oído torpe es capaz de diferenciar si la misma nota procede de un laúd o de un trombón, las palabras, hasta para el receptor menos ilustrado, permiten distinguir una connotación y un juicio moral. Un término aprueba o descalifica en su significado.

Tomemos la etimología de morbo. Su origen es morbus -enfermedad en latín-, a su vez derivado de mors, muerte. Encontramos, pues, una connotación significativa que convierte esta inclinación en enfermiza. Como nos dice la propia palabra, es algo malsano; debe de tratarse de la enfermedad más común de los humanos y a la que todas las doctrinas morales del mundo no han conseguido hallar su purga de Benito. Llamamos morboso, por tanto, al sujeto que sufre esta patología. Hasta aquí llega lo que nos han enseñado. Pero, ¿por qué tiene tan mala prensa?.

Admirar -mirar hacia, siguiendo con el sentido de las palabras- lo que no deberíamos contemplar significa contravenir el orden social, ir contra el "niño, no toques eso". Supone dirigir la atención hacia aquello que quienes dictaminan lo que es púdico consideran inapropiado para la plebe. Es, ocasionalmente, mostrarse pornográfico, un  témino usado en el siglo XIX para calificar las pinturas eróticas que aparecieron en las ruinas de Pompeya, ya que, según los gestores morales de la época, estas imágenes debían permanecer ocultas al ojo común y reservadas para el deleite de los ilustrados, entiéndase los ricos y poderosos.

Los morbosos tienen una inclinación inquietante que el orden debe reprimir y descalificar: la de desvelar el misterio, la de rebelarse contra lo que debemos, o no, ver. Son unos transguesores, y la transgresión del orden, como escribió el pensador francés Georges Bataille (1897-1962), es el principio del placer. 

Ya hemos apuntado que la estética -esa rama de la filosofía que, hasta finales del XVIII, se ocupaba del concepto de lo bello- fue la primera en reconocer lo siniestro. Aunque antes de hacerlo, tuvo que admitir otra categoría que hasta entonces no podía ser considerada como artística: la de lo sublime, ese sentimiento a la vez hermoso y aterrador que nos invade frente a algo que nos desborda, como un precipicio, un mar embravecido o una catedral. Un autor griego llamado Longino ya se había ocupado de ello entre los siglos III y I a.C. Los libros Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello (1756), de Edmund Burke, y Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime (1764), de Immanuel Kant, anunciaron en la historia contemporánea lo que el romanticismo aceptará plenamente: lo siniestro como emoción estética.

El filósofo Friedrich Schelling (1775-1854) lo enuncia así: "Es aquello que debiendo permanecer oculto se ha revelado". Más adelante. Sigmund Freud nos da otra clave: la familiaridad. Para que se produzca lo siniestro, debe existir un vínculo de cercanía. Aparece cuando aflora lo que teníamos reprimido en el subconsciente, al romperse la barrera que separa la realidad del delirio, confundiendo lo uno con lo otro. También cuando algo que conozco -como un pie- lo encuentro fuera de contexto -un pie sin pierna sobre la mesa-. Siniestro es destapar la caja, percibir las vísceras de un organismo, abrir el techo del hogar familiar exponiendo este al público, o desabrochar el sostén de una mujer para que todos, todos, veamos unos pechos hasta entonces confinados al recato. La clave del morbo está en desvelar con la mirada o el entendimiento lo que no nos habían dejado ver.

Al poco de deswcubrirse los campos de exterminio nazis, Theodor W. Adorno (1903-1969), filósofo de la Escuela de Fráncfort, dejó una sentencia lapidaria: "No se puede escribir poesía después de Auschwitz". Con ello no quería decir que el ser humano fuera incapaz de volver a crear arte, sino que nunca más engendraría belleza, que su mirada se desviaría indefectiblemente hacia lo que limita y condiciona lo bello, o sea, hacia lo siniestro. La fealdad atroz y la maldad inconcebible que significó la Segunda Guerra Mundial fue una soberana bofetada que nos giró la cara e hizo que nuestros ojos advirtieran, como sin querer, que lo que no se ve, también existe.

A partir de 1945, tras Auschwitz e Hiroshima, algo cambió no en nuestra concepción de lo bello, sino en nuestro interés por él. A la crisis teológica -"¿cómo puede Dios permitir eso?"- le siguió la estética. Apareció en filosofía el existencialismo, que, con la excusa de la libertad, incidía en la responsabilidad, la angustia y la culpa.

Con el informalismoo, el Art Brut o el expresionismo abstracto, las formas plásticas pasaron a situarse entre "el ser y la nada", entre lo visible y lo oculto. Los compositores creaban música concreta, electrónica y aleatoria para dirigirse, más que a la melodía, a la cacofonía, al envés de los sonidos. El teatro del absurdo subió a los escenarios con seres humanos desmembrados, delirantes, irracionalmente cargados de razón... Y al cambio de las manifestaciones culturales le sigue la crisis de los valores humanistas. El modelo ilustrado se viene abajo: ¿era acaso verdad aquello de que El sueño de la razón produce monstruos?

Con la mirada ya puesta en lo siniestro, sólo nos faltaba una máquina masiva de destape, un ingenio capaz de hacernos llegar a todos eso que tanto ansiábamos... Y apareció en forma de los medios de comunicación de masas. Antes de la irrupción del cine, la televisión o internet, el morbo se experimentaba cuando se podía y se buscaba. Había que saber leer para acceder a los relatos del escritor aleman E. T. A. Hoffmann (1776-1822), del Marqués de Sade ( 1740-1814), destapar la pata de una mesa de esas que la moral victoriana cubría con telas para evitar asociaciones fálicas, o asistir a una decapitación o a un auto de fe. Pero ahora, el morbo se experimenta sin querer. Cada vez más y de forma menos civilizada, convirtiendo su espíritu transgresor en unas pantuflas, un refresco y un cómodo sofá para recostarnos frente a la pantalla.

Hace unos días, en un inusual debate televisivo sobre el morbo, uno de los contertulios daba esta clave: "Hemos asociado lo siniestro a lo real". Igual que en siglo XV el público observaba atónito cuadros realizados con una nueva técnica pictórica llamada perspectiva, ahora hemos llegado a creer que aquello que está expuesto con la condición de morboso es más digno de observarse y aplaudirse ya que muestra mejor el mundo que nos rodea.

Pensamos que lo feo y el mal, antes pudorosamente tapados, configuran nuestra realidad. Los miembros de una familia -el hogar es una gran arquitectura de encierro, donde sus componentes siempre están ocultos de las miradas de los otros -destripándose en un plató, alguien que confiesa sus secretos por dinero o unos descerebrados que conviven forzadamente exhibiendo actividades propias de la intimidad... ¿Cómo llamamos a eso? Reality Show, espectáculo de realidad,  cuando en realidad se trata de un "espectáculo" de lo que no deberíamos ver.

Una relación de pareja tortuosa nos parece más real que una plácida convivencia. El final tremebundo en una obra de ficción en la que es descuartizado hasta el apuntador resulta más verídico que el happy end de una comedia. Una película en la que no se intuye desde el principio que el protagonista en realidad está muerto, sufre un desdoblamiento esquizoide o se acuesta con su madre, atrae menos nuestra atención. Si antes evitábamos lo insano del morbo tapando lo que nos incitaba a ello, ahora hemos comprendido que sólo lo que nos está vedado puede generarlo. Estamos sublimándolo para curarnos de nuestra adicción a él. Quizá sólo sea eso.

El objeto que lo desencadena difiere, naturalmente, en función del observador, de la cultura y del tiempo donde se produce esta emoción perceptiva. Ya hemos dicho lo que implicaba en la época victoriana ver la pata de una silla, pero en el Japón actual -la cultura más avanzada en temas sexuales- contemplar los genitales es algo extraordinariamente morboso. En la España de mediados el siglo XX, lo eran, por ejemplo, un bikini o un escote que dejara entrever el comienzo de unos pechos femeninos... Mientras más restrictiva y puritana es una sociedad, más morbosos genera, lo cual no impide que los dos grandes temas ocultos -y los que resultan más siniestros cuando se confunden- sigan siendo el sexo y la muerte.

El sexo, en sus facetas más convencionales, está algo más desvelado, pero aún así no ha perdido su magistral carga de morbosidad. El proceso paulatino para dejar de esconderlo ha sido similar al que antes apuntábamos: lo hemos sublimado a base de hablar de él continuamente y de mostrar en público y hasta la saciedad lo que de él no nos perturba. El objetivo perverso es, en mi opinión, ocultar su verdadera naturaleza, la que a los sistemas de control social más que morbo les produce pavor. Por eso nos interesa normalizar mediante un discurso intensivo -charlatanería la más de las veces- todos los aspectos que queremos entender como normales, pero manteniendo un fráguil equilibrio entre enseñar mucho y mantener el misterio. Si fuera algo naturalmente descubierto, los moralistas perderían su poder de control vía problematización y culpabilización por nuestra condición de seres sexuados. Todo esto hace que en este ámbito el morbo esté mejor visto que cuando se dirige hacia otras direcciones asociándolo a menudo al deseo.   

Alguien como yo, Valérie Tasso, que, por ejemplo, intenta reflexionar sobre el hecho sexual humano y lo hace con frecuencia en la plaza pública de los medios de comunicación, tiene muchas dificultaders para que la atracción morbosa no oculte dicha reflexión. Si es siniestro en el sentido de que sigue oculto en las partes que se pretenden más impúdicas; si por definición debe mantenerse el cuerpo desnudo fuera de la vista ajena -andar mostrando los genitales todavía es, salvo en ciertas comunidades, un delito de escándalo público-, resulta muy difícil que hablar de ello no despierte, en muchos, el morbo.

En sí mismo, este sentimiento es consustancial a los sistemas adaptativos y comprensivos de la especie de animales curiosos que somos los humanos. Pero hacer de él y de su capacidad de descubrimiento una alternativa única para satisfacer una demanda incivilizada y sobremedida de consumo demoscópico, en función de los índices de audiencia, será algo que acabaremos pagando caro: nos lleva de cabeza a mostrarnos indiferentes hacia la inclinación morbosa. Y el morbo y la indiferencia casan como el agua y el aceite. Si perversa es una cultura que lo tapa todo, engañosa y tiránica es la que lo quiere exponer todo... El problema, quizá. es que hay más perros muertos que sabios que se detienen a mirarlos.

 

Valérie Tasso (1969) alcanzó la notoriedad con su relato autobiográfico Diario de una ninfómana. También es autora de dos ensayos poco convencionales: El otro lado del sexo y Antimanual de sexo.

Artículo extraído de la revista Muy Interesante. 

 

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