LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES
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NUEVA YORK
Si Nueva York no ha sido siempre la capital de la cultura homosexual, es sin duda la ciudad más estudiada en este sentido. Los análisis de George Chauncey (Gay New York) y Charles Kaiser (The Gay Metropolis) producen una imagen llena de vida que va desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, colmada de locales comerciales, zonas residenciales, instituciones, espectáculos y modelos de identidad homosexuales. San Francisco puede haber creado un sentimiento de comunidad gay más organizado, París fue preferida por las lesbianas y Berlín es no sólo cuna del movimiento gay sino el lugar donde la homosexualidad alcanzó un mayor grado de visibilidad. Nueva York no supera a ninguna en estos campos, pero ofrece una constante presencia homosexual y ha sido lugar de residencia de intelectuales y artistas gays, además de meca para homosexuales estadounidenses. Pese a lo comentado anteriormente, no siempre fue así. La isla de Manhattan fue primero una colonia holandesa que llamaron New Amsterdam (desde 1624) y luego fue adquirida por los ingleses (1667). los primeros aplicaron con rigor las leyes antisodomía, pero la situación se relajó con la llegada de los ingleses. El gobernador Lord Edward Cornbury (entre 1702 y 1708) ha pasado a la historia por su afición a vestirse de mujer, aunque parece que su orientación sexual era la heterosexual (¿?). La situación en Nueva York no es distinta de la del resto del país hasta los años en torno de la guerra civil. Tengamos en cuenta que todavía se trata de una ciudad de tamaño medio. Es una ciudad de inmigrantes, y podemos suponer que por ello la relajación de costumbres debía de ser la norma. Al parecer, la policía no actuaba con severidad al respecto (a pesar de la existencia de leyes). Encontramos a chaperos en las novelas del autor homosexual Horatio Alger, y Walt Whitman se refiere veladamente en su diario a un hombre que persigue a un jovenzuelo. Whitman es, por supuesto, muestra de que los habitantes de Manhattanm no eran ajenos al homoerotismo, aunque no se conocen referencias concretas a una subcultura organizada. A finales del siglo XIX las cosas cambian de manera radical. Nueva York se convierte en una ciudad llena de diversiones, y gracias a los esfuerzos de Geoge Chancey sabemos que algunas de ellas estaban dirigidas a un público gay. Su Gay New York, sobre la cultura gay neoyorquina entre 1890 y 1940, muestra un mundo complejo que no puede compararse exactamente con el nuestro. Empieza su estudio con una rigurosa discusión sobre modelos de identidad. Señala que es posible delimitar diversas subculturas: por una parte estaban los homosexuales afeminados que se sentían gays; por otra, otros individuos que se movían entre el mundo gay y el mundo "normal". Una de sus conclusiones más sugerentes es que las categorías no tenían una definición rígida, y hasta los años veinte parece haber sido frecuente que loa marinweros o los soldados tuvieran relaciones (como activos) con los mariquitas de la ciudad, ya que esto no afectaba a su identidad sexual. Los homosexuales se concentraban en zonas como el Bowery, también frecuentadas por las prostitutas, y hasta la última década del siglo reciben un tratamiento similar. Pero lo interesante es la visibilidad con que se manifestaban. Pronto, en torno a Harlem se desarrolla otro núcleo de vida gay, algo que se refleja en documentos sobre el Harlem Renaissance. Por último, los años veinte son los años dorados del Greewich Village, área en que la bohemia artística e intelectual se entremezcla con la subcultura homosexual. El Village acabará imponiéndose como "barrio gay", y será reconocido como tal hasta los noventa. La Nueva York de los años veinte y treinta ya contaba con un buen número de locales gays, y la organización de bailes de travestis en lugares concretos (como el Fronesis Hall) parece haber sido algo frecuente. Estos bailes se anunciaban en la prensa y eran un gran espectáculo al que acudían también heterosexuales: en ocasiones, la policía acudía para cerciorarse de que no había disturbios. Pero a finales de los años veinte, la reacción conservadora obligó a la policía a adoptar medios menos complacientes. Durante La Prohibición (así se llamaba el período comprendido entre 1919 y 1933, en el que los bares no podían vender bebidas alcohólicas) otras instituciones ganaron importancia como puntos de encuentro, entre ellas los hoteles y gimnasios de la Y.M.C.A. Poco después se utilizan otros lugares alternativos, como Fire Island, una playa de recreo que fue punto de encuentro de los gays desde finales de los años treeinta y que aparece con frecuencia como lugar de ligue y de desenfreno sexual en las novelas gays de los setenta (Faggots, de Larry Kramer). En este momento ya nadie negaría que Nueva York fue, junto con Hollywood, la auténtica "capital del siglo XX", y la comunidad gay tuvo su papel en esto. A pesar de toda esta vitalidad, la policía actuó en ocasiones con dureza, instigada por el conservadurismo rancio. A finales de los años treinta hubo numerosas redadas, en respuesta a la creciente visibilidad. Represiones similares se produjeron a principios de los sesenta. Pero el desarrollo de la cultura gay neoyorquina era imparable. En ocasiones se da sólo en entornos protegidos, y el mundo del teatro es uno de ellos. Entre los creadores más importantes de Broadway había numerosos homosexuales, la mayoría de ellos no declarados, por supuesto (nadie sugeriría que fuera fácil), pero algunos menos temerosos: Thorton Wilder, William Inge o Arthur Laurents son algunos dramaturgos que inician su carrera antes de los años sesenta. Cabe destacar la importancia del teatro musical en este sentido. El libro de Kaiser señala de modo oportuno cómo los cuatro creadores de West Side Story eran homosexuales y judíos (Laurents, Stephen Sondheim, Leonard Bernstein y el coreógrafo Jerome Robbins, auténtico impulsor del proyecto) . Los años sesenta fueron difíciles para los homosexuales en Estados Unidos y, quizá, fue la violenta represión lo que produjo las condiciones para la respuesta de los gay en Stonewall en 1969. Los años setenta fortalecieron el carácter de Nueva York como "metrópoli gay", lugar de peregrinación sólo superado en el mundo por San Francisco. Lugares como Central Park fueron escenario de manifestaciones de liberación inesperadas. los supuestamente "felices" sesenta cimentan la identidad gay como modelo político. Nueva York es la ciudad de artistas como Andy Warhol o Robert Rauschenberg, el lugar de moda para artistas e intelectuales. Podría afirmarse que cualquier lugar se prestaba para relacionarse con otros hombres: eran muy utilizados los baños públicos del metro (Time Sq - 42 St), de las plazas o jardines (Washinton Square) los de Central Station y los de muchos otros lugares, multitud de salas de cine, edificios abandonados, cajas de camiones, parques, grandes almacenes, bares, discotecas, saunas, sex shops, por la calle... De día, de noche, todo era fácil y abierto, tal vez demasiado. La aparición del sida a principios de los años ochenta fue devastadora en Nueva York, y los excesos de la década anterior fueron utilizados por los reaccionarios para "demostrar" a qué conducía el desenfreno. Fueron años durísimos para la comunidad gay, que poco a poco encontró fuerzas para emprender la lucha. Tuvo un papel pionero en el enfrentamiento a la indiferencia de los políticos frente a la crisis, a través del trabajo de activistas como Kramer y de grupos como Act Up. Hoy la visibilidad gay llena de nuevo las calles de ciertos barrios de Nueva York. |