LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES

OUTING - SALIENDO AFUERA

Para empezar, un recordatorio: hacer pública la homosexualidad de ciertos individuos es algo que la institución heterosexista ha practicado con mala saña y con evidente placer desde siempre. Mientras la homosexualidad fuese una acusación que dejase al individuo en cuestión aislado y soportando el oprobio, parecía un juego justiciero al que se entregaban los próceres y la voz moral de la prensa. A nadie le parecía mal.

Los problemas del Outing surgieron cuando lo mismo se llevó a cabo con una finalidad activista, es decir, con un discurso político como base, de manera programática y, al menos en intención, sistemática, no con mero odio y prejuicio. La aparición de la identidad gay proporciona una plataforma de poder desde la que el outing se pretende como un modo de promocionar la libertad de los homosexuales. Esto es algo que muchos no tolerarán y, por lo tanto, ha surgido todo un debate que hace del hecho algo conflictivo, como si estuviera bien cuando lo hace la prensa reaccionaria o sensacionalista, pero mal cuando lo hacen los activistas y dirigen sus dardos contra el enemigo interno. Homofobia, muchos son tus nombres.

Dejando de lado que éticamente se trate de algo encomiable o no, hay posiciones desde las que difícilmente se puede criticar. A pesar de su lógica implacable (y de algunos precedentes a principios del siglo XX en relación con el caso Eulemburg), el Outing es una práctica que sólo se integra en la agenda del activismo gay a partir de los '90. La idea de partida es sencilla: dado que salir del armario no es algo humillante, dado que preservar el armario equivale a rodear la homosexualidad de sombras, misterio y oprobio, perpetuando así la represión, hay un elemento social éticamente positivo en hacer salir del armario a quienes se resisten a abandonarlo. Pero entre la teoría y la práctica, entre la fría lógica de un argumento y su aplicación, media un abismo que se complica incesantemente y que ha dado lugar a uno de los más encendidos debates en torno a la cuestión homosexual.

Cabe decir, en primer lugar, que el outing no es un concepto monolítico. Diversas versiones e interpretaciones han dividido a la comunidad gay, lo que ha creado gran acritud y ha puesto de manifiesto que existen diferentes perspectivas dentro de la misma. Casi nadie apoya la versión más radical del outing, que consistiría en sacar a la gente del armario porque sí, como rechazo a la estructura misma del secreto homosexual.

En realidad, el outing siempre viene acompañado de una razón concreta que apoye las razones generales apuntadas. Qué constituye "razón suficiente" es el nudo de la cuestión. En primer lugar podría pensarse en el outing de famosos, no porque sea malo en sí mantener la identidad en secreto, sino porque sería bueno para la mayoría de homosexuales que no fuera un secreto. El razonamiento de los partidarios indica que no son gente que tenga nada que perder (a pesar de que ellos crean que sí) y, en todo caso, se gana más que se pierde: se crea un nuevo modelo con quien los homosexuales pueden identificarse, se incrementa la normalidad con la visibilidad. Esto es singularmente cierto en personajes que hacen uso de los recursos de la identidad gay, de sus instituciones, y luego se niegan, con vergüenza, a hacer pública su homosexualidad. Con el outing la institución homosexual pretende simplemente apropiarse de esa fama que tanto le debe. Si esto constituye una práctica positiva o no, es debatible. Posiblemente a largo plazo produciría un cambio en las estructuras, pero los resultados a corto plazo han demostrado ser en ocasiones desastrosos.

La reacción de la sociedad heterosexista a menudo hace que el tiro salga por la culata: el público se pone en contra de quienes se atreven de atentar contra ese concepto sagrado de nuestro tiempo, la vida privada. Pero el armario, debemos recordar, no es cuestión de vida privada, ya que muchos de los famosos en cuestión hablarían gustosos de su vida privada pero no tocarían la homosexualidad, que después de todo es un concepto político, no personal. En cualquier caso el outing de, digamos, "inocentes" no puede tener éxito completo en nuestros tiempos. Todo lo más se ganan mártires para la causa antihomosexual. Hay defensores de esta alternativa (véase, por ejemplo, Queer in America, de Michelangelo Signorile) que siguen pensando que se gana más de lo que se pierde, que la invisibilidad es la principal responsable de la opresión homosexual y que nadie tiene derecho a mantener el silencio.

Otra faceta del outing, tiene un alcance mucho más restringido: consiste en sacar del armario a personajes públicos homosexuales que, por motivos de carrera o personales, hacen declaraciones antihomosexuales o toman decisiones que afectan negativamente a los homosexuales, sobre todo en el caso de los políticos que apoyan legislaciones antihomosexuales o, incluso, que se asocian a posiciones políticas que implantan estas legislaciones. El argumento aquí es que estas personas son incoherentes o hipócritas: su homosexualidad que esconden bajo el manto del secreto, no es compatible con su homofobia en la arena pública.

Uno de los ejemplos fue el debate sobre la igualdad en la mayoría de edad sexual que tuvo lugar en el Reino Unido. Parece claro que si un diputado homosexual secreto votaba en contra de esta moción, un outing sería bien recibido por cualquier ciudadano homosexual o heterosexual que rechazase la hipocresía. Pero ni siquiera en este caso tenemos todas las de ganar. Las reglas del juego están en contra nuestra hasta tal punto que la sociedad es más proclive a escuchar a la víctima que a los activistas: aquí la víctima podría declarar que no ve incoherencia o hipocresía entre ser homosexual y estar en contra de las relaciones homosexuales entre menores. Aplausos por parte del reaccionarismo cavernícola. Algo así sucedió don el obispo Runcie, hombre de la jerarquía de la Iglesia Anglicana al que activistas gay sacaron del armario tras hacer unas declaraciones antihomosexuales. Lo convirtieron en un mártir, y los activistas homosexuales quedaron como unos asociales que no tenían respeto por la vida privada de un "pobre hombre" que sólo trataba de vivir según sus ideas (curioso que las ideas de uno, sólo son buenas cuando son homofóbicas).

El otro aspecto que debemos considerar en el outing es el medio a través del cual se lleva a cabo. La prensa es un organismo voraz que sólo sirve a sus propios intereses. Un outing en la prensa convencional suele salirse de madre y siempre se da la palabra a los intolerantes: a menudo se presenta a los gays como niños en plena rabieta. La prensa se encargaría de convertir en un insulto lo que no es más que una amable invitación para participar en la comunidad gay, y la homosexualidad conservaría su condición de acusadora.

Quizá el outing no hace más que reforzar la idea de la homosexualidad como secreto, y lo que se consigue es lo contrario de lo que se intenta conseguir. Es imposible contentar a todos. Y no sólo eso, sino que estos mecanismos de "defensa a la víctima de los gays", se reforzarían si el outing (que, para que nos vamos a engañar, hasta el momento, ha sido más teoría que práctica) se generalizase. Probablemente sólo llevaría a extremar precauciones, preparar argumentos y contraataques por parte de quienes defenderían su secreto con la muerte porque están convencidos de que perjudicaría su carrera (lo cual, ya que estamos, es cuestionable: Simon Callow es gay declarado y trabaja muchísimo, Ian McKellen ha interpretado sus grandes papeles después de salir del armario, con el outing accidental de Kevin Spacey nadie se inmutó, con su reconocimiento como lesbiana de Jodie Foster no se ha derrumbado Hollywood, ni mucho menos.

La ceremonia de confusión entre outings y respuestas a los mismos produciría un desgaste total en el movimiento gay. Es algo que los activistas saben.

Las reflexiones anteriores pecan quizá de un exceso de cautela. Se trata, quién lo duda, de una estrategia radical, incómoda y cuyas consecuencias no son fáciles de fijar: hay casos y casos. Pero conviene romper una lanza a su favor. En el caso de los homosexuales públicamente homofóbicos, el outing es, sin duda, ética y políticamente encomiable, incluso necesario como autodefensa. Que el trogloditismo de siempre nos lo vaya a echar en cara es probablemente otra cruz que deberemos soportar. Utilizado estratégicamente, eligiendo bien, es posible conseguir pequeñas victorias. De manera indiscriminada se convierte en un arma de doble filo. En todo caso no olvidemos que lo malo es el armario.

Como sea, no hay que olvidar que la vida resulta mucho más fácil para los homosexuales que viven en una gran ciudad de un país europeo o norteamericano, que en un pueblo pequeño, ya sea europeo, norteamericano, asiático, árabe, etc. No hay que olvidar que antes de salir del armario hay que pensar muy bien en las consecuencias directas que ello representará en nuestro día a día. Poco a poco puede ser que se consiga más que a la tremenda.

Por cierto, una parte del problema puede consistir en que si todo homosexual declarara que lo es, ¿Qué harían los varones, tan machos ellos, cuando tuvieran deseos de tocar una carne musculosa en las sombras o en un apartado lugar sin que nadie se enterara de sus gustos secretos? El machismo homófobo, a veces, no oculta más que la inaceptación por parte de ciertos hombres de que otros hombres le atraen. 


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