LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES
|
PARIS La ciudad que Walter Benjamin denominó "la capital del siglo XIX" siempre ha tenido connotaciones de vicio y perversión. A menudo, éstas no se refieren a la homosexualidad, a pesar de lo cual es fácil comprender por qué, desde hace doscientos años, "viciosos" de todo el mundo y de todas clases han confluido en la capital francesa y han contribuido a la leyenda, convirtiéndola en realidad. Se tiene constancia de vida gay en París desde la Edad Media: se situaba en torno a los círculos universitarios, y hasta el siglo XVIII parece haber sido parte importante de la vida de la corte. los filósofos de la Ilustración criticaron las leyes antisodomíticas, aunque las condenas continuaron hasta que se aplicó el Código Napoleón. Hasta aquí nada distingue la vida homosexual de París de las de otras capitales: como en otros lugares, se articularon subculturas sodomitas de manera intermitente, que a veces llegaban a formar clubs o sociedades. Con el Romanticismo aparecen una serie de escritores que adoran la ciudad pero que, al mismo tiempo, la describen como a una prostituta. Una auténtica fascinación por la vida urbana se desprende de los escritos de Baudelaire y de Honoré de Balzac. Ambos crean un mito moderno: la ciudad es un ámbito misterioso, donde se producen encuentros casuales en que se mezclan lo más alto y lo más bajo; la ciudad es el lugar donde conviven riqueza y miseria, el lugar que guarda secretos, protegidos por el anonimato; la ciudad es un lugar en que es posible ocultarse, y por eso el deseo puede permitirse una serie de libertades imposibles en el mundo rural. El París de prostitutas, homosexuales, de corrupción policial, adulterios y secretos inconfesables se convierte en materia prima de escritores, poetas y reporteros. Frente a la mezquindad con intenciones redentoras que encontramos, por ejemplo en Dickes, o más tarde en Galdós, los parisinos parecen transmitir una fascinación por lo marginal, por la melancolía, por lo transgresor. La cultura bohemia surge en la primera mitad del siglo XIX, y representa una zona de claroscuro entre la luz y la oscuridad en la que el arte es la justificación última. A este tipo de entorno propicio a la sexualidad marginal hay que añadir la gran revolución urbana del barón Hausmann, que, si cabe, acentúa los contrastes del bulevar y las callejuelas oscuras e insalubres. La homosexualidad en sí no era delito, pero la policía intervenía cuando se sospechaba de "delito contra las buenas costumbres". Esta actitud se relaja a partir de 1871, con el fin del Segundo imperio. Es el París de los decadentistas en que buscan refugio otros europeos y estadounidenses, que viven en situaciones legales más opresivas. Hasta el final de la Segunda Guerra mundial, la fama pecaminosa de París crecerá. Personajes como Lorrain o Mostesquiou representan un modelo de identidad sexualmente ambiguo que todavía no se clasifica como "homosexual" de manera generalizada. Es de esencial importancia la creación de círculos lésbicos desde principios del siglo XX. La historia de la aparición de una notable subcultura lesbiana que incluía a mujeres de varios países ilustra el poder de esta ciudad para atraer y hacer visibles aquellos modelos de identidad que a menudo carecían de una articulación social. Las mujeres se amaron antes de París, pero sólo allí se convirtieron en una presencia social innegable como grupo. Es el París de los círculos literarios que bajos los auspicios de "la maestra de ceremonias", Natalie Barney, incluía a Renée Vivien, Romaine Brooks, Radclyffe Hall, Djuna Barnes, Colette, Gertrud Stein y otras muchas. Por otra parte , en lo que respecta a la visibilidad de los hombres homosexuales, París ocupa durante este período unas posición secundaria respecto a Berlín. Puede que París aparezca más veces en diversas obras, pero la heterodoxia tuvo su auténtico santuario en la capital de Weimar. Después de 1945 el movimiento homófilo da señales de vida y consigue crear una publicación, Futurs (1952), que sólo se mantendría tres años, mientras que la posterior Arcadie, que aparece en 1955, seguirá publicándose hasta los años ochenta. El régimen de De Gaulle trae una reacción conservadora que afecta a la homosexualidad. Es quizá lo que interrumpe la evolución normal de la cultura homosexual parisina. Los intelectuales y artistas tienden a permanecer en el armario y la homosexualidad ha de volver a las catacumbas, algo que contrarrestaría la influencia combinada del Mayo del 68 y los ecos de Stonewall. Recordemos que intelectuales identificados con la ciudad como Jean Paul Sartre hablaron en defensa de los derechos de los homosexuales y que otros como Roland Barthes y Michel Foucault utilizaron sus experiencias como homosexuales para configurar su revolucionaria filosofía. Hoy París ha recuperado la visibilidad gay después de años en que se la comparó desfavorablemente con ciudades como Londres o Nueva York, mucho más imbuidas en el mundo gay. En torno a la zona del Marais hay una red de locales elegantes, y la vida gay parisina añade a la "intelectualización" de la sexualidad anglosajona las virtudes del modelo mediterráneo. Poco a poco la homosexualidad ha abandonado los locales oscuros a los que, hasta no hace muchos años, había que llamar a la puerta para poder entrar y la ciudad aparece más receptiva y mucho más abierta. En parte se da una excesiva imitación de lo anglosajón, es cierto, aunque de forma poco ortodoxa. La crisis del sida fue especialmente dura en una ciudad en la que el sexo se practicaba a escondidas y de manera furtiva y en la que los homosexuales no estaban lo suficientemente organizados como para exigir ayuda. De cualquier forma ha desaparecido todo un mundo que tenía una gran dosis de morbo. Los jardines de las Tuilieries, punto de reunión, en especial por las noches, que permitió el goce de muchos hombres desde la época de los reyes hasta entrados los años 90's. Los puentes sobre el río Sena en los que amparados por la oscuridad y la falta de visibilidad había movimiento durante toda la noche para todos los gustos. Los baños, los cines..., en fin como en casi todas las ciudades del mundo "civilizado". Actualmente hay mucha más libertad, pero a veces se limita a poder ir tranquilo a las saunas, o a los bares o discotecas donde los jóvenes exhiben sus últimos modelitos en la vana creencia de que ellos no serán como los maduros que, algunas veces, se pasean un poco como almas en pena en un lugar que no se parece en nada a los lugares que conocieron en su juventud. Se bebe demasiado, el ruido es infernal, corren la drogas, se trasnocha inútilmente a la espera de "ése ser especial", que tarda demasiado en aparecer en la vida, y, al fin, se acaba masturbando uno mismo en su casa o, mucho peor, se acaba borracho en un infecto cuarto oscuro a disposición de cualquiera. Cierto que cada época tiene sus pros y sus contras. |