LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES

PEDERASTIA

Las palabras pederastia y paidofilia denominan los sentimientos desmedidos de cariño, amor o deseo sexual de los adultos, hombres y mujeres, hacia los niños-as. No es exclusivo de ninguna tendencia sexual y parece darse más entre hombres, (homosexuales o heterosexuales) y, por lo tanto, no debe aplicarse exclusivamente a la atracción que sienten ciertos hombres homosexuales hacia niños ni, mucho menos, que esa atracción lleva fatalmente al crimen, pese a los últimos casos horribles que se están dando últimamente hacia niñas inocentes, precisamente, por parte de hombres heterosexuales.

Pese a la falta de aplicación exclusiva a los homosexuales, la pederastia o paidofilia se ha convertido en uno de los temas que acaparan el debate homófobo sobre la homosexualidad. Quienes carecen de argumentos para defender su intolerancia patológica recurren a la fantasía melodramática del inocente que pierde su pureza a manos de un perverso. Imágenes de redes de prostitución y de pornografía infantil y esclavitud sexual llenan páginas y páginas de histéricos debates que siempre parecen olvidar que en general son prácticas rechazables no por tener lugar entre un menor y un adulto, ni mucho menos por ser de carácter homosexual, sino por constituir un abuso de la libertad ajena: hay comportamientos delictivos y comportamientos que no lo son; el delito debe ser castigado siempre, sea cometido por un homosexual o un heterosexual. Conviene no olvidar que últimamente los mayores escándalos pederastas, se están dando con hombres heterosexuales y niñas, a las que no tienen el menor reparo de raptar y hasta de asesinar.

La pederastia se presenta sistemáticamente como perversión de menores (varones). Es fácil entender qué se pretende con esta operación: apelar a estructuras ideológicas que no sólo son antihomosexuales, sino que son antisexuales

La (supuesta) inocencia del menor ha de defenderse a toda costa, y en esta guerra tanto el adulto como el menor carecen de derechos, su deseo se descalifica, sus sentimientos se consideran abyectos. Y ya que estamos, tampoco se tienen en cuenta los sentimientos y el deseo del menor.

Un grupo de adultos homófobos antisexo se adjudica el derecho de decidir sobre la sexualidad de otros individuos. Pero la pederastia no es equiparable a la corrupción de menores (que por supuesto, es y debe ser delito, pero sin importar el sexo del corruptor o del corrompido y a partir de una tipificación inteligente y rigurosa) y desde Freud sabemos que lo de la "inocencia sexual del niño" es una auténtica patraña. De nuevo argumentos que se presentan "como humanitarios" sólo tienen como fin reforzar la homofobia y despojar al homosexual de su legitimidad.

A menudo el movimiento gay ha tratado de desligar la homosexualidad de la pederastia, dada su impopularidad; pero se trata de una actitud que, a pesar de su sensatez pragmática, resulta conservadora y sólo contribuye a silenciar un debate importante: la cultura homosexual da numerosas muestras de sentimientos y prácticas pederásticos que ni pueden ni deben negarse. Al parecer, uno de los problemas con la pederastia es que se manifiesta mayor desconfianza hacia estos comportamientos cuanto menos tienen lugar.

En ciertas culturas la pederastia es considerada como un comportamiento habitual y totalmente natural, y ello no comporta desarreglos mentales en los futuros adultos (lo cual nos lleva a concluir que es la sociedad heterosexista la que construye la culpa y la perversión). Un caso paradigmático es la sociedad ateniense clásica.

Cuando Platón, en sus diálogos, habla de amor y trata de poner ejemplos en que éste se manifiesta de manera más sublime, en realidad se refiere a relaciones pederásticas. Por supuesto, la pederastia griega es uno de los caballos de batalla de los defensores de la legitimidad de estas prácticas en la actualidad. Hay que recordar, sin embargo, una serie de ideas que hacen de aquello algo radicalmente distinto a lo que los apologistas actuales proponen. En primer lugar, la pederastia no sólo era una cuestión de deseo. Había todo un sistema ritual que contenía su significado y limitaba sus posibilidades.

El amor de que hablan los diálogos platónicos y la poesía recogida en La musa de los muchachos, por dar dos ejemplos significativos, es el de un  muchacho muy joven, imberbe (eromenos), y un adulto (erastes); el muchacho siempre adopta el papel pasivo, el adulto debe tomar el papel activo; a pesar de que hay un elemento sensual, no siempre se habla de lo que en nuestros días los sexólogos llaman relaciones sexuales completas: a menudo el contacto físico se limita a caricias, besos y, sobre, todo, a la mera contemplación. Pero hay un elemento que tiene gran importancia y que a menudo se olvida: hay en la relación un alto componente pedagógico; el adulto comparte su experiencia con el muchacho, la pederastia es parte de los rituales de virilidad que hacen del niño un hombre. Hay que hablar, por lo tanto, de una estructura homosocial, intrínsecamente misógina, que refuerza las relaciones (no sólo sexuales) entre los hombres en la comunidad. Esto haría al modelo griego indefendible desde el punto de vista de la política sexual contemporánea.

Por supuesto lo que se defiende hoy en día no es el modelo pederástico clásico, sino otro basado en la libertad del deseo.

En cualquier caso, el argumento de que, por ejemplo, Platón hubiera sido encarcelado en nuestra sociedad es, si no del todo honesto, al menos interesante como punto de partida.

La fascinación por el adolescente o por el joven es parte importante en la representación de y desde la homosexualidad. Ganímedes, uno de los personajes recurrentes en la literatura homosexual, representa una suerte de eromenos universal que reaparecerá tanto entre los autores homosexuales medievales como en la poesía isabelina inglesa o en la obra de Goethe. Ahora bien, en general esta fascinación por los cuerpos jóvenes no coincide exactamente con la pederastia clásica: por una parte se trata de muchachos algo mayores; por otra, el énfasis está en el sexo, no en la relación pedagógica. Se mantiene la diferencia de edad, pero no los roles sexuales fijos. No es una mera manifestación literaria: es un modo de deseo que está presente en la cultura universal y que, de nuevo, no tiene por qué asociarse a una identidad sexual concreta. Se considera que el adolescente es por naturaleza atractivo y los actos entre adultos y adolescentes se contemplan con cierta tolerancia que no se aplica a quienes pretenden convertir sus sentimientos homosexuales en un modo de vida que va más allá de las prácticas. Esto es así porque el carácter pasajero de la adolescencia garantiza que las relaciones se basarán simplemente en el placer y no amenazarán la estructura familiar, célula de la sociedad.

En los países árabes y algunos mediterráneos, por ejemplo, la pederastia al igual que los actos homosexuales entre adultos no fue objeto de oprobio, mientras no sustituyera al matrimonio. Esto parece haber sido una situación general hasta la delimitación médica del homosexual. En ese momento todos los actos homosexuales quedan bajo observación y se convierten en intrínsecamente sospechosos. Es más, los actos delimitan un nuevo tipo humano. La persecución sistemática del homosexual por parte de la ley produce un importe cambio en la situación.

Mientras que la corrupción de menores heterosexual permanece en el museo de los casos aislados y no parecer ser motivo de tanta preocupación (a pesar de que es mucho más común), los homosexuales, que sí son perseguidos, se convierten en corruptores de menores (cuando en la mayoría de casos no lo son). De nuevo parece seguirse la norma de que cuanto más se da una práctica menos histeria despierta.

Si bien es verdad que no todos los escritores homosexuales eran ni mucho menos pederastas, la expresión de la pederastia se asocia definitivamente al nuevo modelo: en francés, el término que designa popularmente a los homosexuales, pedé, parte etimológicamente del que se refiere a la pederastia; pederasta y homosexual se confunden, y en esta confusión hay a menudo una voluntad homofóbica, ya que al mismo tiempo se identifican pederastia y corrupción de menores, como hemos mencionado. Lo que se oculta es que en general es la versión "flexible" de la pederastia que transmite una fascinación por la juventud, no por la niñez.

Ahora bien, ¿Qué sucede cuando realmente se trata de niños? A pesar de que la inocencia idealizada es un mito, no puede negarse que el menor es vulnerable y el egoísmo del adulto puede hacer daño. Pero si se tiene en cuenta que el daño al niño se produce debido al rechazo social de la homosexualidad (que hará al niño sentirse culpable al reconocerse en ese cliché), podríamos concluir que lo lógico es cambiar esas estructuras homofóbicas. Esto es de cajón.

No se puede culpar a nadie por su deseo, siempre y cuando se ejerza con respeto hacia los individuos. Hay evidencia de que muchachos que han tenido relaciones con adultos han encontrado la experiencia enriquecedora si han sabido sortear, o les han ayudado a sortear, los peligros de la autoidentificación  con un discurso homofóbico.

Quizá la repulsa de la pederastia homosexual ha de verse en relación con la pederastia heterosexual. En ambos casos son relaciones en las que entre los amantes hay importantes diferencias que identifican el cariz  de las mismas: desigualdad en edad,  poder, conocimiento; es fácil presentar la perspectiva de que uno de los amantes, se aprovecha del otro; no son tipos de relación que en nuestra sociedad admitan expresión pública.

La diferencia de edad se ha traducido históricamente en diferencias de poder. Entre los matrimonios heterosexuales, tradicionalmente se daba la situación de que a muchachas adolescentes se las casaba con hombres maduros: era una manera de confirmar que la mujer era propiedad del hombre. Hoy en día, esta equiparación entre diferencia y relaciones de propiedad produciría rechazo: la muchacha quedaba atrapada en una relación que rara vez le permitiría salir al mundo. Pero, por supuesto, ésta sólo se produce al hablar de matrimonio.

En general lo anterior apunta a que, desde un punto de vista ético, la pederastia homosexual, masculina o femenina, merecía menos prevención que la heterosexual al basarse sólo en la sexualidad y al no poder tener posibles consecuencias de procreación.

Naturalmente, debe haber leyes que delimiten esta clase de relaciones para evitar, como se ha apuntado, que la torpeza o el egoísmo que es posible en la relación entre dos individuos marque a un niño negativamente. En caso contrario, dado que nada demasiado bueno puede esperarse de la naturaleza humana cuando se la deja a su aire, las características especiales de la relación pederástica la harían  una solución cómoda en la que el menor quedaría cosificado. La pederastia podría convertirse convertirse fácilmente para algunas personas, dejando de lado los sentimientos que la originan, en una situación cómoda para los adultos, en la que uno de los miembros tiene todo el poder y el otro resulta especialmente vulnerable. Esto no tiene por qué pasar y no es muy distinto de otras relaciones de abuso entre adultos, o, no lo olvidemos, entre los propios niños, el abuso es un aspecto que no puede negarse utilizando como argumento la libertad sexual absoluta.

En resumen, hay aspectos en las prácticas pederásticas con menores que darían lugar a situaciones delicadas, pero son situaciones que habría que resolver dejando de lado el prejuicio. El sistema actual hace de este tipo de prácticas algo complejo y que habría que abordar con cautela; quizá carecemos de garantías que recomienden una normalización inmediata, pero un debate lúcido de desmitificación, sin hipocresía o gazmoñería, debería iniciarse cuanto antes.

De más está insistir en que siempre será inaceptable la utilización de la fuerza o el chantaje en ninguna relación sexual, ni mucho menos, en una relación pederástica.


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