LAS CULTURAS, LOS PAÍSES Y LAS RELACIONES HOMOSEXUALES
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TRAVESTISMO
Conviene empezar diciendo que la relación entre lo que se conoce como "homosexualidad" y el "travestismo" ha sido inestable desde la noche de los tiempos. De hecho la mayoría de los travestidos de la historia se han identificado como "heterosexuales" y no ven una conexión necesaria entre el rol sexual manifestado en la vestimenta y la orientación sexual o el deseo. Esto parece seguir siendo cierto en nuestros días, pese a que entre la prostitución masculina al servicio de hombres heterosexuales (más o menos heterosexuales, más bien homosexuales o bisexuales reprimidos que no quieren reconocer que les gusta un hombre y que creen que un travestí no lo es del todo), el travestismo ha crecido en los últimos años incluyendo, en muchos casos, cirugía estética, implante de senos y tratamiento hormonal feminizante, lo que da como resultado a un hombre que imita a una mujer y que, pese a sus esfuerzos, al final, sigue siendo un hombre con pechos, que se viste de mujer. Dicho lo anterior es cierto que el travestismo ha sido apropiado (no sin muchas dudas y cierto grado de ambigüedad) por el movimiento gay, ya que en el fondo constituye un cuestionamiento de los absolutos sexuales. Al romperse la relación predeterminada entre orientación, identidad sexual y sexo biológico, se constituye un primer paso hacia el cambio radical en la matriz heterosexual que ha sido fuente de opresión para individuos en todas la épocas al imponerse como el único modelo posible de identidad y relación considerado "sano" o "legal". Especialmente desde el siglo XIX, se ha establecido este nexo entre la orientación sexual y el vestido como reflejo de cierto rol sexual, como consecuencia de las teorías absurdas que presentan la homosexualidad como inversión y que proponen que todo homosexual lo que quiere es pertenecer al otro sexo y, por lo tanto, empieza adoptando su vestimenta, elemento distintivo del género. Estas teorías lo que en realidad tratan es de anular el poder transgresor de la homosexualidad, para crear una suerte de "heterosexualidad en el armario" y, por lo tanto, empieza adoptando su vestimenta, elemento distintivo del género. Dado que el travestismo es algo que se considera una característica central en la identidad homosexual de hombres y mujeres, conviene prestarle cierta atención y descubrir qué hay de verdad en esta idea. Un breve repaso de algunas de las manifestaciones del travestismo a lo largo de la historia puede ilustrar como, en general, ha aparecido independientemente de la homosexualidad. Las manifestaciones más tempranas que se conocen son de carácter ritual. El chamán de ciertas tribus realizaba ceremonias sagradas sagradas vestido de mujer. A veces si se trata de relaciones sexuales, las connotaciones tienen que ver con la androginia como como estado de perfección. Pero en general se encuentran pocos ejemplos en que el travestismo ritual sirva como vehículo de un deseo homosexual: se trata de una convención que poco tiene que ver con el deseo personal. Algo similar sucedía en la vida cortesana. Durante el siglo XVIII aparece en Francia un interés por la ropa extravagante y un cuidado en la apariencia personal que se expresa a través de modales y ropas ambiguas, aunque estas últimas no denoten homosexualidad. Ni el fop de la Restauración inglesa ni el cortesano francés tratan de transgredir los roles de género, algo que quizá estaba más presente en el travestismo de Heliogábalo o Calígula. Uno de los entornos privilegiado de la homosexualidad a lo largo de la historia es el teatro, y aquí sí que encontramos una coincidencia con la aparición del travestismo. Sin embargo no se trata de una relación unívoca entre ambos conceptos. Por una parte, tradiciones como la de los onnagata en Japón o el teatro isabelino vetaban a las mujeres en escena, y el travestismo aparece como consecuencia directa de la misoginia. Posteriormente, el travestismo de mujeres que interpretan papeles de hombre se hace en nombre del arte. En algunos casos hay elementos homoeróticos que aparecen como consecuencia del juego sexual, pero no siempre son percibidos como tales por los espectadores. Otra manifestación histórica del travestismo es la de las mujeres que se hacían pasar por hombres con un fin determinado. En algunos casos, como el de Catalina de Erauso, esto se debía a la necesidad de huir, en otros como el de Agnódice, el objetivo era conseguir ocupar un determinado puesto tradicionalmente reservado a los hombres. Charles d'Eon es un ejemplo de hombre cuya carrera de espía se basa en el travestismo. El motivo siempre es el cambio de rol, y no una necesidad de identificar identidad sexual y rol: las lesbianas y homosexuales, por el simple hecho de serlo, nunca han precisado travestirse para realizar sus deseos amorosos o eróticos. En los casos citados no se trata de un deseo homosexual. Una manifestación especial del travestismo es el transformismo, que se da en el mundo del espectáculo. En España, como en otros países, los transformistas han insistido en su heterosexualidad con una intensidad digna de mejor causa. De nuevo se insiste en que uno se viste de mujer por motivos meramente artísticos. En este apartado destaca la imitación de divas. Conchita Piquer, Juanita Reina, Lola Flores o Sara Montiel han sido repetidamente imitadas por artistas como Paco España o l Titi: en la cultura anglosajona, las imitadas son Judy Garland, Tallullah Bankhead o Barbra Streisand, y Gladys Bentley es un ejemplo de mujer que imita a hombres. Como vemos el uso de vestimentas propias del sexo contrario y la orientación homosexual es más bien frágil y ambos elementos no deben equipararse. Pese a lo anterior, la realidad es que el travestí constituye una figura que para los heterosexuales resulta reconfortante: se trata de una representación de lo que se percibe como un "quiero y no puedo" y sirve para reafirmar la propia identidad. Si el afecto o el deseo entre hombres, puede resultar amenazador por ser omnipresente, siempre es posible pensar que a "eso" nunca se llegará. Este argumento es por supuesto erróneo. Por lo general, el travestí no quiere "cambiar de sexo", sino imitar al otro sexo. En el travestismo hay un elemento de representación, de conciencia de la diferencia entre el parecer y el ser, de ambigüedad buscada y de guiño. El juego es lo que importa, y en el juego se pone de manifiesto lo precario de las identidades sexuales. El status del travestismo en la comunidad gay ha sido problemático. El feminismo lo declaró políticamente incorrecto: para las feministas ortodoxas (si tal cosa existe), el travestismo masculino es misógino ya que parodia a la mujer utilizando imágenes tradicionales que contribuyen a su encasillamiento i opresión. Para otros activistas preocupados por el lado político de la representación, hay aspectos difíciles de defender, ya que el travestismo tiende a reforzar una imagen demasiado extendida creada por los homófobos: lo único que quieren los homosexuales es pertenecer y comportarse como el otro sexo. Aquí debe tenerse en cuenta el propio testimonio de los travestís: para las lesbianas radicales, se trata de crearse una nueva identidad que les permita escapar de los modelos tradicionales; los hombres rechazan la acusación de que parodian a las mujeres y hablan de "homenajes" a las mismas. Por supuesto, lo que homenajea no es precisamente lo que las feministas propondrían como una nueva identidad femenina. No es posible sacar una conclusión tajante al respecto: sin duda, para los homófobos, la visibilidad de los travestís confirmará una versión simplificada de la homosexualidad que alimentará sus prejuicios; pero para los travestís se trata de un juego al que no tienen que renunciar por culpa de la incomprensión de los intolerantes. El travestí ahora ya no se limita a imitar servilmente a la mujer y combina transgresoramente elementos viriles y femeninos, contribuyendo a confundir aún más las categorías sexuales. Hay que resaltar que una asociación recurrente entre homosexualidad y travestismo suele ser signo de intolerancia sexual. En España novelas como El anarquista desnudo, de Lluís Fernández, Plumas de España, de Ana Rosetti y gran parte de la obra de Eduardo Medicutti, Tiempos mejores por ejemplo, representan la homosexualidad a partir del travestismo, algo menos frecuente en el mundo anglosajón, que se esfuerza por luchar contra el modelo de inversión. No debe sorprender que gran parte de los ejemplos más populares que identifican homosexualidad con afeminamiento o travestismo procedan del mundo Latino o Mediterráneo: El lugar sin límites, de José Donoso; la narrativa de Severo Sarduy o de Jean Genet: El público de Federico García Lorca, o La cage aux folles, de Edouard Molinaro, son otros ejemplos que ilustran esta preferencia. Entre los anglosajones se habla de drag, un fenómeno similar pero con énfasis distintos que puede apreciarse en películas como Torch Song Trilogy, ¿Victor o Victoria?, To Wong Foo thanks for everything... o Priscilla Queen of desert. Mientras que la visión que se tiene del travestismo en el contexto latino enfatiza su carácter patológico, el drag es un concepto que se han apropiado los propios travestís y que acentúa lo lúdico sobre lo enfermizo. Después de todo lo expuesto hay que decir que, últimamente, se ha vuelto tan fina la línea que separa el travestismo de los hombres de la mera prostitución, que, por desgracia, en muchos lugares no existe diferencia alguna entre travestismo y prostitución. |